Érase que se era un tiempo lejano en el que el dios de los mares ofendió a una sirena. Ella, por un golpe de azar, pudo robarle su tridente y se lo llevó a su amante humano, al que pidió que escondiera el símbolo de poder del dios en el lugar más lejano al mar que encontrara.

El hombre así lo hizo y, tras andar tierra adentro varios días, entregó el tridente a unos labradores que, como no sabían para qué servía esa extraña horca, la usaron para clavar un espantapájaros en medio de sus campos.

El tridente mágico se sintió muy solo, así que dio vida al espantapájaros, que abandonó el campo usando el tridente como bastón. Fueron muchas las aventuras que vivió y mucha a la gente a la que ayudó gracias a la magia de su amigo el tridente, hasta que, un día, llegó al mar.

—No, no te metas en el mar —le dijo el tridente al espantapájaros—. Tu paja se mojará y te desharás.

El espantapájaros confió en el buen juicio de su amigo, pero el dios de los mares, que estaba cerca y quería recuperar su arma, le gritó desde la orilla:

—No hagas caso a ese tridente traidor. No quiere que te metas en el agua porque sabe que, si lo haces, te volverás humano y ya no le necesitarás.

El espantapájaros, que siempre había querido ser humano, le dijo a su amigo que no se preocupara, porque seguiría junto a él aunque ya no le necesitara.

—No, no le hagas caso —le rogó el tridente.

Pero el dios de los mares siguió tentando al espantapájaros y, al tirarse de cabeza al mar, se deshizo.

Moraleja: No hagas caso de desconocidos que, queriéndote mal, te incitan a hacer algo en contra de lo que tus buenos amigos te aconsejaron.

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