Estaba harto de oír hablar de la magia de Papá Noel: él había pedido ser famoso y no se lo había concedido. Pero era lo que más deseaba y, por eso, cuando leyó el artículo sobre los magnicidas que pasaban a la historia y decidió que era la forma más rápida de conseguir la fama que ese viejo gordo le había negado, ya tenía a su víctima escogida. 

Planeó el asesinato al detalle y esperó con paciencia a que la carroza de la cabalgata se acercara lo suficiente. El disparo con la escopeta que había robado a su padre fue perfecto, justo entre los ojos, y el alboroto de después fue de lo más disfrutable. 

Pero, por supuesto, no salió como había esperado. ¿Cómo iba a saber él que el que estaba en la carroza no era el verdadero Papá Noel? En vez de convertirse en el famoso magnicida que acabó con la magia de la Navidad, se convirtió en el niño que asesinó a un pobre hombre disfrazado. ¡Ni siquiera se mencionó su verdadera identidad porque era menor y había una ley que lo impedía!

Pero no voy a rendirme, pensaba mientras fingía arrepentimiento para que los psicólogos no le encerraran, o le dieran por loco. Solo tengo que tener paciencia… y encontrar al de verdad.  

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