Un gran problema de gestión del tiempo, que tenemos especialmente las mujeres por años de educación y condicionamiento, es que tendemos a aceptar realizar todas las tareas y favores que nos piden de forma automática. Nos hace sentir útiles y necesarios para las personas que nos lo piden, así que, aunque no nos apetezca demasiado hacer ese favor, decimos que vale, que lo haremos.
Cuando es algo puntual no pasa nada, pero ese «sí» inmediato puede generar un círculo vicioso, porque esas personas se acostumbran a que les hagas favores, a que siempre estés disponible. Entre tanto, tú te vas cargando de tareas ajenas que, para colmo, no te producen ninguna satisfacción más allá de saber que alguien te debe una. El problema es que ese alguien no tiene percepción de deberte nada, porque da por sentado que lo harás, y a la larga tú acabas interiorizando que es tu obligación.
Pasa en todos los ámbitos: el recoger a los hijos de otros en momentos puntuales se convierte en recogerlos todos los días, de dar tu opinión sobre un texto que ha escrito alguien pasas a tener que corregir todo lo que escribe, echar una mano con un excel complicado a un compañero se convierte en que te manda el excel cada vez que tiene que enfrentarse a él, de echar un cable con las gestiones a alguien puntualmente acabas sintiendo que eres su gestor personal, te ofreces una vez a organizar una actividad y de pronto eres responsable de organizarlas todas…
Es importante romper el círculo, y el primer paso es darse cuenta de cuáles son esas tareas que estás haciendo recurrentemente para otros. El siguiente paso es que tengas muy claro cuál es el valor del tiempo que estás dedicando a esa tarea y que hagas que esa persona que te pide favores sea realmente consciente del coste que te supone. Aquí es el momento de cortar si lo crees necesario, o puede que, a pesar de todo, le hagas el favor, pero así por lo menos lo valorará en su justa medida y no lo dará por hecho.
A la hora de aceptar favores nuevos, es un poco más de lo mismo. Sustituye el «sí» inmediato por un «déjame que me lo piense» o algo similar. Así no darás la impresión de disponibilidad absoluta y entenderán que tienes otras cosas que hacer. También debes dejar muy claro el coste que te supone hacer ese favor y, si lo aceptas, que es algo puntual. Tu tiempo es importante: si lo regalas, al menos haz que los demás sean conscientes del valor de dicho regalo.
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