Odio mi vida. Al menos, odio mi vida desde que soy un maldito muñeco que una idiota usa para decorar y para pintar de vez en cuando.
Es culpa mía por haber intentado absorber el alma de una maldita bruja que trabajaba en una tienda de dibujo y pintura. La subestimé y ella me atrapó aquí, porque era lo que tenía más a mano. Creo que no pretendía venderme, pero su empleada me confundió con uno de la interminable hilera de maniquíes sin alma que había en la tienda.
Y aquí estoy ahora, mi vida relegada a un cuerpo que ni siquiera puedo mover por mí mismo, con una pelota antiestrés que parece la cara de un idiota y una caja de madera por única compañía; vestido con los restos de una mosquitera vieja, atuendo que mi propietaria pretendía que fuera una cota de malla pero que parece más bien un disfraz cutre de carnaval. Ni siquiera puedo mirar por la maldita ventana, porque mi cabeza está orientada al otro lado.
No sé a quién odio más: si a mi dueña, que pone caras raras al estudiar y de cuando en cuando me cambia de una postura ridícula a otra; o a su gato, que me tiene manía y no puede soportar verme de pie.
Estoy deseando romperme de una vez para que mi alma se libere y pueda recuperar mi cuerpo. Al gato me lo comeré lentamente y a la dueña la paralizaré y la haré posar con todas las posturas estúpidas que me ha hecho adoptar antes de despellejarla.
Este es el proyecto de septiembre de 2011 de Adictos a la Escritura, que consistía en hacer una foto propia y un relato relacionado. Pues bien, para no variar, hice una cosa rara (_)…
