El sacerdote orco se acercó a los prisioneros, cuchillo en mano. Eran pocos los que habían logrado capturar vivos, porque preferían suicidarse a soportar lo que les harían si les capturaban, pero serían suficientes para complacer a su dios. Cuando se acercó al primero de los prisioneros, sus propios hombres dieron un paso atrás, aterrorizados.
Ninguno de ellos comprende, pensó mientras abría en canal al aterrorizado humano y procedía a sacar sus órganos uno por uno, metiendo cada uno de ellos en urnas especiales. Gracias a su magia, el humano no moriría hasta que se le arrancara el corazón, lo que no significaba que no sintiera todos y cada uno de los cortes, haciendo que sus gritos de agonía resonaran por el templo. Es lo que ellos hicieron en su momento.
Una vez que tuvo el corazón del infeliz en la mano, utilizándolo para cubrir de sangre a los que se habían iniciado en esa batalla como premio a su valor, se acercó al segundo de los humanos, que ya había evacuado todo cuanto tenía en el cuerpo. Pronto se dio cuenta de que este no valdría, por su raza y porque no tardaría en morir por las heridas recibidas. Para que el rito se celebrara con éxito era necesario que siguieran vivos cuando se les arrancaba el último órgano, así que se limitó a rajarle la garganta y esperó pacientemente a que el resto de su sangre saliera del cuerpo y entrara junto la de su compañero por el sumidero. Aunque su cuerpo no sirviera, su líquido vital sería de utilidad para alimentar a los iniciados.
Una vez no quedó ni una gota del valioso líquido, se dirigió al último de ellos, que, al dar un paso atrás su guardián por deferencia, aprovechó para sacar un trozo de roca afilada que había mantenido escondida y acabar con su propia vida.
Enfadadísimo, el sacerdote hizo que prendieran y ajusticiaran al incompetente guardián con varios días de castigo, tras lo cual ordenó trasladar el primer cuerpo y sus órganos a las cámaras subterráneas. Los orcos lo hicieron, a disgusto, y salieron rápidamente de allí.
No, no comprendían que eso era necesario para el futuro de la raza. Tampoco a él le gustaba torturar a los infelices, pero era la única forma de que el ritual funcionara. Por eso preparó el cadáver con esmero, untando con productos químicos los órganos antes de volverlos a colocar en su sitio y enterrar el cuerpo en uno de los cubículos. Dentro de seis meses, cuando le desenterraran, un nuevo orco habría nacido.
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Este es el proyecto de Adictos a la escritura de septiembre de 2012. Había que hacer… un relato gore. La verdad es que nunca hice nada parecido, mi ánimo estaba bastante pasteloso, pero me salió esto. No es excesivamente gore, sólo un poquito de tortura, pero aún así lo pongo para mayores de 18 por si las moscas.
