La madre siempre les protegía de la ira de su padre y recibía los golpes por ellos. Ella sabía que no podría protegerles siempre e intentaron marcharse con una pequeña maleta como única carga, pero él lo descubrió y les dio alcance en el paso entre la montaña y el gran lago contaminado.
La madre se interpuso de nuevo entre su marido y los pequeños, a los que instó a huir: esta vez, estando tan lejos de la civilización, no se contendría por miedo a matarla y acabar entre rejas.
Los niños no querían abandonar a su madre, pero finalmente hicieron caso a sus ruegos y comenzaron a correr. Pero el padre pronto acabó con su esposa y no quiso dejar a esos dos pequeños cabos sueltos, esos niños a los que nunca había querido y que eran los únicos testigos de que había sido él quien la había matado.
Acortaba distancia tan rápido que los pequeños tomaron una decisión: se metieron en el lago contaminado, aunque todos sabían que producía extraños efectos en las personas. Pero, ¿qué importancia tenía eso si les libraba de una muerte segura?
Tal y como esperaban, él no se atrevió a entrar, pero siguió acechando en la orilla hasta poco antes del amanecer. Entonces se dio cuenta de que no debían descubrirle allí y, tras lanzar el cuerpo de su esposa al agua, volvió a su casa para fingir que había pasado la noche durmiendo y que no se había percatado del abandono de su familia hasta que despertó.
Los niños, mientras, se acercaron hasta el cuerpo de su madre e intentaron reanimarla. Sus ojos sin vida se abrieron. El lago también tenía un extraño efecto sobre los muertos: les devolvía a la no-vida. De haber seguido siendo humanos sus hijos, no hubiera logrado contener el impulso de devorarlos. Pero el lago también había hecho su trabajo en los pequeños, convirtiéndolos en criaturas extrañas, especialmente de cintura para abajo.
Dejó a sus hijos en el lago y fue a por su primera víctima. Acabó con su marido cuando aún estaba en la cama, fingiendo dormir. Se comió casi todo el cadáver y llevó el resto del manjar a sus hijos.
Al día siguiente fue a por el vecino de al lado, que siempre supo que la maltrataba y hacía oídos sordos. Luego, poco a poco, ella y sus pequeños fueron alimentándose de todos los que habían levantado alguna vez la mano contra sus mujeres y sus hijos, y de todos aquellos que, aun sabiéndolo, no habían levantado un dedo para ayudar a las víctimas.
Cuando acabaron el trabajo, con el hambre aplacada, se instalaron cómodamente en una de las isletas centrales y disfrutaron de la vida familiar de la que nunca hasta el momento habían podido gozar.
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Escribí este relato en agosto de 2015 para el reto Comienza una historia en el blog de Maga de Lioncurt. Había que hacer un relato en base a la imagen en color. La fotografía en blanco y negro fue tomada por Costică Acsinte y Jane Long usó el photoshop para darle un toque muy original.
