El nigromante había esperado paciente hasta la luna nueva para pronunciar el terrible hechizo del pergamino secreto que había llegado a sus manos. Con él, por fin se vengaría de su enemigo Tonhesd. Cuando la luna dejaba de brillar era cuando más poderosa se volvía su magia, y para lanzar con éxito ese conjuro necesitaría todo el poder que pudiera conseguir.

Acudió al cementerio con su báculo y comenzó a recitar las palabras de poder con una sonrisa en el rostro. Imaginaba lo mucho que sufriría Tonhesd cuando él y toda su estirpe se convirtieran en muertos vivientes atados a su voluntad. Habían pasado tantos años que sin duda se habría confiado y habría olvidado la afrenta, así que la sorpresa haría su venganza más dulce.

Justo cuando iba por la mitad, el cielo se iluminó con la luz de varias lunas llenas, con lo que su poder comenzó a menguar a gran velocidad. El nigromante no podía dejar el encantamiento a medias, so pena de recibirlo sobre sí mismo. Siguió pronunciándolo, desesperado, mientras entregaba toda su magia y, cuando esta se acabó, su propio aliento vital. Apenas le quedaban un par de frases cuando se le acabó incluso eso.

Esa luz mágica que contenía el brillo de tres lunas llenas siguió brillando sobre el cadáver del nigromante mientras Tonhesd se acercaba a él y le daba una patada, despectivo. Hacía años que sabía que quería vengarse de él y ya no podía seguir viviendo con la incertidumbre de cuándo le atacaría. Por eso, lo había organizado todo para que ese pergamino secreto cayera en sus manos y para que un mago lanzara el hechizo lunar sobre el cementerio esa noche, a sabiendas de que el nigromante no aguantaría la tentación de aprovechar la luna nueva.

Tonhesd quemó el cadáver de su enemigo allí mismo y volvió a casa, donde por fin podría descansar tranquilo. No se fijó en que el báculo del nigromante había quedado olvidado en el suelo. Tampoco se dio cuenta de que, cuando el hechizo lunar se acabó, la gema del centro, alimentada por la oscuridad de la luna nueva, comenzó a emitir un brillo sombrío.

Solo hacía falta que algún incauto que pasara por allí tocara el objeto para que el espíritu del nigromante lo poseyera. Cuando eso ocurriera, su venganza sobre Tonhesd sería aún más terrible que la que había preparado para esa noche.

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