Me levanto un día más, un día igual que todos, y me digo que hoy por fin estarás aquí. Una letanía que he repetido incontables días a lo largo de décadas, cada día más desesperanzada que el anterior. No puedo hacer otra cosa, no obstante, aunque bien sé que el peso de los años y la soledad me han cambiado tanto que no sabrías reconocerme si mi deseo se cumpliera y regresaras. Muevo mis huesos viejos y doloridos al muelle. El mismo sitio de siempre, la misma pose de siempre, el mismo vestido de siempre. Odio estar aquí tanto como temo no poder levantarme un día para cumplir con mi ritual. O que la próxima vez que intenten encerrarme tengan éxito. Porque prometí esperar, y de todos modos tampoco sé hacer otra cosa.
Y ahí espero, como siempre. Hace mucho que dejé de notar el frío o la lluvia y tampoco me importan ahora. Pero mi cuerpo ya no es tan fuerte como mi espíritu y noto cómo hoy se va apagando lentamente. Lo siento, pero ya no puedo esperar más.
***
La transición es tan suave que apenas la noto, pero a la vez repentina. De pronto ya no duelen los huesos, ya no hace frío. Abro los ojos y todo parece más brillante y hermoso. Tú estás frente a mí.
—Te esperé —te digo, acusadora.
—Hubiera deseado que no cumplieras tu promesa.
—Yo hubiera deseado que cumplieras la tuya. O que no te hubieras embarcado.
—Volví. Sólo que no podías verme —me mira intensamente, y veo en sus ojos cómo ha esperado pacientemente a mi lado, todos estos años, observando con impotencia cómo me consumía lentamente.
No puedo dejar de perdonarle, porque todo da igual ya. Por fin estamos juntos, de modo que nos damos de la mano y nos alejamos de este odioso muelle. No creo que volvamos nunca.
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Este es el proyecto de mayo 2013 en Adictos a la escritura, en hacer un relato inspirado en una canción. Elegí «En el muelle de san Blas», de Maná. Lo suyo es que, si no la conoces, escuches la canción antes del relato, más que nada porque, si no, no entenderás de qué va el tema.
