El cazafortunas lo tenía todo preparado: si todo salía bien, se fugarían al amanecer. Había necesitado una cuidadosa planificación y había invertido no poco dinero en seducir a su futura esposa y convencerla para que accediera a su plan, pero merecería la pena. No sólo encontraría una forma de sortear el testamento para acceder a su inmensa dote, sino que además, a corto plazo, cobraría una gran cantidad en el club de caballeros por ser el que consiguió casarse con esa solterona.

Lo que no sabía era que la rica heredera se había enterado de la apuesta antes incluso de conocerle, que había disfrutado dejándose sobornar disfrazada de sirvienta y que la mujer a la que iba a desposar era una simple actriz que, casualidades de la vida, se llamaba exactamente igual que ella.

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