Hacía años que deseaba ver qué había en la superficie, pero su padre, siempre vigilante, se lo había impedido dándole numerosas razones a lo largo de los años. El clima era extremo, lo que hacía imposible la supervivencia. La contaminación y el infierno nuclear la habían hecho inhabitable. Los aliens mataban a toda forma de vida que se asomara. Los otros humanos le esclavizarían en cuanto saliera.

Nunca supo cuál de las muchas razones para no subir era la real; puede que ninguna lo fuera. Y ahora su padre ya no estaba, ya que un día había cerrado los ojos y no había vuelto a abrirlos. Tenía dos opciones: subir y arriesgarse a cualquier cosa que pudiera haber ahí arriba o quedarse ahí eternamente, con la única compañía de un cadáver. Así que era hora de salir.

Lo preparó todo a conciencia y se dispuso a poner, por fin, el pie en el exterior. Pero no llegó a subir ni la mitad de los escalones; un ataque de pánico le paralizó en el sitio. Se dispuso a bajar, pero la opresiva semioscuridad del bunker y el bulto del que fue su padre, que comenzaba a descomponerse, también le impidieron seguir bajando. Así que se quedó allí, paralizado, durante tiempo indefinido.

Cuando empezó a apretar el hambre, se sentó en el escalón y abrió su mochila. Al ver el contenido, se dio cuenta de que había otra opción. Acabar con todo le daba menos miedo que salir o que quedarse, así que tomó el cuchillo y se lo clavó bien hondo en el corazón. 

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