Después de tantos años, encontró la carta de despedida de su hijo cuando decidió cambiar los muebles, junto con un montón de facturas y publicidad desaparecidos hacía tiempo, en un hueco entre la cómoda y la pared. Llorando a lágrima viva, se apresuró a coger el teléfono y marcar el número con manos temblorosas.
Después de tantos años en la cárcel por asesinato, le soltaron al encontrarse la prueba irrefutable de que había sido un suicidio. La madre del muchacho, que en otro tiempo había sido su prometida, le esperaba en la puerta. Hubo un tiempo en que la amó con locura; ahora no podía sentir nada más que odio. Odio por no creerle, odio porque le dejó solo, odio porque no había encontrado antes esa estúpida carta.
Pasó de largo sin mirarla siquiera, sin hacer un gesto de reconocimiento, y se dispuso a recomponer los pedazos de su vida sin ella.
Ella, días después, incapaz de soportarlo por más tiempo, se subió a la banqueta y se aseguró de que su carta estaba bien a la vista antes de dejarse caer.
Este es el relato que escribí para el ejercicio de consigna de Adictos a la escritura de septiembre 2011. La palabra era Carta.
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