El padre llevaba enfurruñado desde que empezó la excursión, porque no le gustaba ir a la playa. Su esposa se había instalado en el chiringuito y pedía un refresco tras otro, mientras que su hijo alternaba chapuzones con visitas a ambos para pedirles que le compraran otro helado. Él se negaba en redondo, cosa que no servía de nada porque, cuando suplicaba a su madre, esta decidía concederle el capricho aunque ya se hubiera comido unos cuantos.

Era la presa perfecta, así que, cuando ella le compró otro helado al niño y él se cabreó tanto que se fue a dar un paseo para calmarse, el diablillo le abordó:

—¿Qué me dirías si te ofreciera eliminar toda tu frustración y lo que la origina?

El hombre, que le veía como uno de esos vendedores que frecuentaban la zona, soltó una carcajada amarga y dijo:

—Que adelante.

El diablillo lo interpretó como que aceptaba el trato y desapareció entre la multitud. El hombre no volvió a acordarse de él hasta que volvió al chiringuito donde su esposa, frenética, hablaba con los socorristas: su hijo había ido a darse un chapuzón y de pronto había desaparecido bajo el agua; no había vuelto a emerger.

Nunca lo encontraron y el hombre estaba convencido de que ese extraño encuentro era la causa directa de la desaparición, pero todos lo interpretaron como culpabilidad por no haber estado allí y que estaba loco de dolor.

El diablillo sonrió cuando finalizaron las interminables jornadas de búsqueda sin éxito: ahora tenía vía libre para adoctrinar a su nuevo sirviente en la maldad. Sabía por dónde empezar: al crío le encantaban los helados.

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