La Gran Sacerdotisa sabía que su tiempo en este mundo se acababa, y observaba a las novicias en busca de una que tuviera suficiente talento como para convertirse en su sucesora. La única que despuntaba entre las demás, Melise, tenía un carácter despótico y terrible, así que no se atrevía a transmitirle sus conocimientos. El poder que se obtenía con ellos era tal que, en malas manos, podía ser peligroso para todo el reino.

Desesperada, transmitió sus preocupaciones a su segunda, Derila, y ese fue su mayor error. Porque su segunda no tenía bastante poder para sucederla, pero sí una ambición desmedida. Y, convencida de que podría controlar a Melise para conseguir a través de ella los conocimientos que anhelaba, se alió con esta.

Para tranquilidad de la Gran Sacerdotisa, Melise cambió drásticamente de actitud y, convencida de que al fin había madurado y que sus malos modos solo eran una fase adolescente, se decidió a instruirla en cuanto se convirtió en sacerdotisa.

Por supuesto, no había tal cambio, sino una actuación orquestada por Derila y Melise, que por fin pudieron tener acceso a esa fuente de conocimiento y poder. Pero a Melise no le gustaba compartir. Al principio, mientras la necesitó, dio migajas de lo que aprendía a Derila. En cuanto afianzó su poder, se deshizo de ella, y posteriormente, cuando ya no tuvo nada más que enseñarle, de su maestra.

Entonces, con un poder ilimitado a su disposición, se dispuso a vivir la vida que creía merecer, es decir, una en la que todos le rindieran pleitesía y se sometieran a su voluntad sin rechistar.

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