Los candidatos entraron en la sala de espera: se sentaron erguidos, tratando de dar una buena impresión. Pero según avanzaba el tiempo y no les llamaban fueron relajándose. Al final, Ruiz acabó durmiéndose, Pérez se puso a jugar con el móvil, Martínez no paraba de levantarse a recepción para preguntar cuánto faltaba y Rodríguez, a falta de otra cosa mejor que hacer, comenzó a escribir en su libreta lo imbéciles que eran en esas empresas y lo mal que le caía su posible jefe, aun sin conocerle. 

Finalmente, el entrevistador llegó y dijo a todos que se fueran, a excepción de Rodriguez. Al final, por las protestas, tuvo que explicar sus razones: no podía fiarse de un dormilón, de un adicto a las nuevas tecnologías y el típico pesado que no para de quejarse y que seguramente acabaría siendo un sindicalista, pero Rodríguez… Rodríguez se había mantenido en su puesto, sin duda haciendo algo productivo.

El mencionado sonrió y asintió, siguiéndoles el juego. Solo esperaba que su suerte no acabara y no le pidieran que mostrara lo escrito.

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