El sol acariciaba la cubierta y Lancelot inspiró hondo mientras las olas mecían el barco. Eso era lo que más le gustaba de su trabajo: la serenidad del mar y que se respiraba libertad.

No obstante, ese momento de tranquilidad se desvaneció en un instante cuando el vigía oteó un barco a lo lejos. Los tripulantes esperaron impacientes a que reconociera la bandera y suspiraron cuando supieron que no era un barco del ejército.

Entonces, Lancelot ordenó que alzaran la bandera pirata, se taparon el rostro y se dispusieron a abordar a sus nuevas víctimas.

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