La compradora compulsiva de ropa va tranquilamente andando por la callejuela para atajar y llegar antes a la tienda. Cargada de bolsas y con unos estrafalarios tacones de aguja, es presa fácil para el atracador, que le exige la cartera. Ella, medio histérica le pega con su bolsa, pero le hace poco daño y él, cabreado, además de quitarle el bolso y las bolsas cargadas de ropa nueva, le roba los zapatos, que son de los caros.
Las compradoras compulsivas son muy lucrativas, piensa mientras localiza a una nueva presa, cargada de bolsas. Esta no va con tacones, sino con zapatillas, y hay algo en su aspecto que le hace dudar, pero acaba venciendo su reticencia y se planta delante de ella, exigiéndole todo lo que lleva encima. Ella también le pega con la bolsa… y le tira al suelo del golpe. Aturdido desde el suelo, observa cómo ella abre la bolsa con la que le ha pegado y saca un libro cuya pasta ha quedado ligeramente deformada, tras lo cual le mira con cara de odio y empieza a darle patadas.
—¡Desgraciado! ¡Era una edición descatalogada en perfecto estado y tu cara me la ha destrozado! ¡Te vas a enterar de lo que es bueno, ladrón de pacotilla!
Un rato después, cuando ella se aleja ya cansada de darle patadas, el ladrón se promete a sí mismo comprobar el contenido de las bolsas antes de atracar a su presa. Las compradoras compulsivas serán muy lucrativas, pero las que compran libros son una excepción.
Escribí este relato en agosto de 2011 durante el sexto día del maratón de escritura.
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