El bar estaba a punto de cerrar sus puertas cuando apareció la pelirroja con una inmensa tarta de cumpleaños y le comunicó que sus amigas y ella tenían la intención de celebrar una fiesta allí. El camarero se negó en redondo, ya que estaba cansado y lo menos que le apetecía era aguantar a una pandilla de borrachas cumpleañeras que no tenían otro sitio adonde ir que a su local.
La pelirroja le miró con cara de odio y salió del bar maldiciendo a gritos y el camarero, encogiéndose de hombros, acabó de recoger y salió, dispuesto a cerrar. Un botellazo en la cabeza se lo impidió.
Cuando despertó, se encontró con la misma pelirroja frente a él, mirándole de una forma desconcertante. Intentó levantarse, pero se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos a una de sus sillas y que era incapaz de soltarse. Hizo amago de gritar y la pelirroja cogió un trapo sucio y se lo metió en la boca, impidiéndole realizar sonido alguno para pedir ayuda, como si eso fuera posible con la música a todo trapo.
Poco a poco, el resto de invitadas fue llegando, soltando risitas al ver al camarero sentado y atado a la silla y añadiendo nuevos dulces a la barra, que ahora parecía el mostrador de una pastelería con la inmensa tarta presidiendo el conjunto. Todas ellas acabaron con botellas en la mano dando tragos directamente, en vez de servírselas en un vaso. Cuando se acababan, las lanzaban al suelo.
Él se fijó en las chicas, intentando recordar cuándo las había visto antes pero incapaz de localizarlas en su memoria, hasta que finalmente apareció la cumpleañera, también pelirroja, con los ojos tapados y soltando risitas. Eran su ex novia y sus amigas, se dio cuenta por fin. Y, por primera vez, en toda la noche, el ligero miedo que había sentido se convirtió en auténtico terror.
Había dejado a Sam porque estaba como una cabra y había intentado tirarle por las escaleras un día que llegó algo borracho a su cita. Sus amigas eran una panda de locas aún peores, y por eso sólo las había visto una vez y no por mucho tiempo.
—¿Habéis secuestrado a mi ex para mí? ¡Gracias, gracias, gracias! Es el mejor regalo que me han hecho nunca —exclamó, dando palmitas. Se acercó a él, acarició su mejilla con las afiladas uñas y le susurró—: ¿No te alegras de verme, Pete?
Se retorció como pudo, pero no logró desprenderse de sus ataduras, y su ex novia se olvidó de él cuando la pelirroja le dio una botella de whisky y le dijo que abrirían el resto de regalos.
Sam cogió los paquetes uno por uno, comiendo mientras tanto trozos de tarta, y enseñó su contenido: un consolador, una película, un sombrero de cowboy… y una pistola, cortesía de la pelirroja número 1, que parecía ser la más tocada de todas ellas.
—¡Vamos a probarla! —gritó después de un yeehaaaa que pretendía ser un grito vaquero pero que sonó al carareo de una gallina.
Aterrado, se dio cuenta de que la iban a probar con él como diana, pero por suerte la pelirroja les sugirió que practicaran antes con las botellas de ron añejo de cientos de euros que guardaba en el fondo del desván.
Borrachas como estaban, sólo alcanzaron a una de las botellas, pero ya se encargaron de destrozar o de beberse el resto mientras Sam, como una cuba, se dedicaba a desvariar en el regazo de su ex sobre lo mal que la había tratado y cómo debería haberse comportado si fuera un caballero.
Finalmente, y por suerte para él, cuando decidieron que habían practicado lo suficiente y quisieron usarle como diana no quedaban balas.
—¿Y ahora qué hacemos? Llamará a la policía en cuanto se desate o alguien le encuentre.
—¡Le ahogaremos en la taza del váter! —sugirió la pelirroja.
—¡ Tampoco fue tan malo conmigo! Si no tiene una muerte digna, no le matamos.
—¿Y qué hacemos entonces, eh?
—¡Huiremos a México!
—Yeeeehaaaa —gritaron todas, saliendo del local a toda prisa.
Pete miró estupefacto cómo se largaban del local olvidándose la pistola y escuchó el ruido del motor del coche derrapando contra el asfalto. Tras un buen rato intentando forcejear, sin éxito, con sus ataduras, miró con tristeza su local y esperó pacientemente a que viniera alguien a rescatarle.
***
La comisaría estaba en completo desorden desde que el día anterior un grupo de mujeres borrachas asaltara a un camarero en su propio bar y le secuestraran durante toda la noche. El pobre hombre, que aún no se había recuperado de la experiencia, tomaba declaración por tercera vez cuando un policía entró apresuradamente a hablar con el comisario. No tardaron mucho en dirigirse hacia él e informarle de que habían encontrado a sus agresoras muertas tras caer su coche por un barranco. Pete, aliviado, sólo pudo decirle al agente:
—Juro por lo más sagrado, señor, que nunca volveré a salir con una pelirroja.
Este es el relato que quedó tercero en el concurso Mentes Creativas en agosto de 2011. La consigna era que aparecieran una pelirroja, armas y dulces.
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Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
