—No me gusta la idea, Rebeca. Los niños no deberían jugar a esas cosas.
—Tonterías, María. Si apenas saben escribir las letras, y han hecho el tablero de ouija con una página arrancada del cuaderno y monedas de chocolate.
—Es noche de muertos y no está bien. Si vas a dejarles, me voy y me llevo a Pablito.
—¿Y dejarme sola cuidando a todos estos mocosos?
—De entrada, yo no quería venir. Te tocó a ti cuidarles, ¿recuerdas?
—Vale, vale. Pues vete con tu hijo y deja a los otros disfrutar de la fiesta.
María se marchó con su niño y el resto, aunque apenados por la marcha de su amigo, se comieron todas las monedas de chocolate menos una y empezaron su sesión de espiritismo infantil bajo la divertida mirada de Rebeca.
Su diversión se acabó rápidamente, ya que todos, de pronto, quedaron en silencio. Algo preocupada, por si el empacho de dulces les había sentado mal, fue a buscar su móvil y marcó el número de María.
Esta, enfadada, colgó al oír la bromita de su amiga, que gritó nada más descolgar ella el teléfono, afirmando que un ejército de niños poseídos se acercaba a ella con los cuchillos de cocina en alto.
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Escribí este relato en noviembre de 2011 directamente para publicarlo en el blog.
