No la escuchaba, y ella lo sabía. Le decía cualquier cosa y él asentía sonriente, pero luego, cuando volvía a sacar el tema, o le pedía que se arreglara para ir a algún sitio porque ya llegaban tarde, él la miraba desconcertado y afirmaba con vehemencia que no le había dicho nada.

Un día se cansó y comenzó a gritarle que no la escuchaba y no sabía nada de ella.

—Pero cariño, sabes que eso no es cierto. Sé que eres preciosa, que te gusta reír, que por las mañanas estás de buen humor, que eres encantadora y…

—¡Oh, Sam! —dijo emocionada, besándole apasionadamente.

Solo más tarde, después de una larga noche de sexo salvaje, se dio cuenta de que él, en realidad, no había dicho durante su discurso nada que le hubiera escuchado decir, sino que se había limitado a hablar sobre su aspecto y las emociones que exteriorizaba… y para colmo la había llamado cariño, cuando le había dicho mil veces que no soportaba que la llamara así.

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