Llegaba el gran día, aquel en que se convertirá en caballero. Siempre ha intentado ser un escudero aplicado, pero nunca ha sido lo suficientemente bueno como para que su señor le tuviera en cuenta. Él le reprochaba sus pequeños defectos, que persiguiera a las criadas, que jugara a los dados o que bebiera más de la cuenta en los banquetes. Pero, después de salvarle la vida en una batalla, casi de casualidad, el caballero había contraído una deuda de honor y le había propuesto al fin después de todos esos años. Esa sería su primera y última oportunidad.

Sólo quedaba esa noche, que debía permanecer en vela, rezando y pidiendo un poco de fuerza espiritual para soportar mejor sus futuros deberes, para ser honrado y cumplir bien con sus cometidos. Y allí estaba, solo, en la capilla, pero él no había sido nunca muy de rezar. Se puso a soñar despierto, con los lujos, los honores que tendría desde el día siguiente, libre de la severa mirada de su señor y elevado a su mismo rango. Y soñando despierto, quedó dormido.

Los que debían prepararle le encontraron al alba durmiendo plácidamente sobre el altar, con una sonrisa en el rostro. Cuando despertó, puso mil excusas diferentes, todas mentiras, y luego calló. La mirada de su señor fue de decepción y de vergüenza. Ya no sería caballero por la deshonra de dormirse en su noche en vela y por mentir, y su señor no le volvería a aceptar en su casa como su escudero.

Salió de la capilla abochornado, preguntándose qué iba a ser de su vida ahora. Quizás encontrara a otro señor que le acogiera como su protegido si le contaba una mentira lo bastante creíble, y así podría volver a perseguir a las criadas, jugar y emborracharse a su antojo. Caminando lentamente, empezó a inventarse la fantástica historia que le volvería a colocar en la posición que creía merecer.

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