Pedro mira con envidia el tablón de Alberto, su compañero de habitación, lleno de fotos y recuerdos de toda una vida de felicidad. Incluso ahora, viviendo en esa horrible residencia de ancianos, se le ve activo y feliz. No es de extrañar, porque se lleva bien con todo el mundo y no hay día que no reciba visitas.

Cómo le odia. Su tablón está vacío y no recibe nunca a nadie. Tampoco es que quiera, pero le molesta que la gente no se acuerde de él. Además, le irrita que Alberto se empeñe en hacerle partícipe de su felicidad en cuanto tiene ocasión. Le dan ganas de apagar la llama de su vida cada vez que lo hace, pero con la suerte que tiene seguro que sobrevive y él pasa el resto de su vida en la cárcel, con la etiqueta de asesino.

Tampoco puede poner al resto en contra de su compañero, porque Pedro no les cae bien. Así que decide pegarse a Alberto como una lapa para descubrir todos sus trapos sucios y desvelarlos públicamente.

Pasan los días y no encuentra ninguno, pero Pedro empieza a pasarlo bien. Su tablón comienza a llenarse con las fotos de las excursiones a las que le acompaña, de las salidas al bingo, de sus nuevos amigos. Deja de sentirse incómodo con el resto, y hasta retoma el contacto con sus parientes, que le visitan de cuando en cuando.

Cuando Alberto muere de un ataque en el corazón, Pedro es el que más le llora.

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