Se me hace un nudo en el estómago cuando llego al edificio de oficinas. Hoy hay que volver al trabajo. Habría deseado que no llegara nunca este día. Pero no porque tenga síndrome postvacacional, no. Es porque me he vuelto torpe. Mejor dicho, soy gafe, porque mis torpezas sólo ocurren cuando está cerca Edu, el hombre del que estoy enamorada.
Todo empezó cuando nos asignaron como compañeros de equipo. Aunque llevo años enamorada de él, hasta entonces había logrado no parecer demasiado estúpida. Pero ese mismo día, en la máquina de café, cuando fui a darme la vuelta, le eché el cappucino hirviendo encima. Mortificada, hice cuanto pude por ayudarle, pero sólo logré extender más la mancha.
Otro día se me cayó algo al suelo y al ir a recogerlo le puse la zancadilla, tropecé y, por no caerme, le pisé con el tacón de aguja. Si todo hubiera quedado ahí muy bien, pero dos días después, intentando arreglar una grapadora problemática, una grapa saltó y casi le saqué un ojo.
Así siempre, no hubo semana que no pasara algo. El último día que le vi, acababa de tirar una caja llena de informes encima de su cabeza y salí corriendo nada más decirme él:
—¡Tú intentas matarme!
Según entro, mi jefe me dice que voy a formar equipo con Edu otra vez. Me acerco con miedo a la sala de trabajo que nos han asignado, me armo de valor y entro.
Él, que está recogiendo algo del suelo, se da la vuelta y me da un codazo en el estómago. Me doblo del dolor y, cuando intenta ayudarme, me da un cabezazo. Al separarse de mí, se apoya en la puerta y la cierra… con mis dedos en medio.
—¿Pero qué pasa contigo? ¡Yo no intentaba hacerte daño, no hay por qué vengarse! —le grito incapaz de razonar por el dolor.
Voy directa a la enfermería, con un buen chichón, la mano hinchada y dolor de estómago. Cuando la enfermera sale un momento, alguien llama a la puerta y yo gruño como si fuera un animal.
Edu, que ha interpretado ese gruñido como un “puedes pasar” asoma la cabeza y me ofrece una flor. Me sonrojo mientras me explica que este verano se ha dado cuenta de que yo hago su vida más interesante y que me ha echado mucho de menos, que se puso nervioso y los nervios le hicieron torpe.
Consigo decirle que a mí me pasó lo mismo, que le quiero desde hace años y que nunca quise hacerle daño.
Cuando entra la enfermera de nuevo, nos encuentra besándonos apasionadamente y carraspea.
—Bien, por fin. A ver si así se acaban los accidentes de una vez por todas —dice con los brazos en jarras.
Este es uno de los relatos de 126 trocitos. Cuando apareció en el usb de backup que encontré durante una limpieza, tenía fecha 2010 y el formato de plica me indica que lo escribí para algún concurso, a saber cuál. Pero es muy tierno, y me alegro de recuperarlo por aquí con algún que otro retoque.
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