De pequeño, soñaba con ser un caballero andante, enfrentándose a toda clase de peligros con una espada en mano para enamorar a su princesa. Ahora tenía un trabajo que consistía en estar pegado al teléfono todo el día para vender cosas que la gente no necesitaba y lo más parecido a una aventura fue cuando se escapó el perro en el parque y tuvo que correr tras él. 

—¡Qué vida más anodina! —suspiró mientras echaba unas habas en agua para que se ablandaran para el día siguiente. 

Luego, se puso las manoplas para sacar del horno el pan recién hecho. Lo bueno de pasarse el día teletrabajando y realizando largas llamadas de ventas era que le quedaban las manos libres. Podía limpiar la casa y cocinar durante sus horas de trabajo y desconectar de verdad cuando la jornada laboral finalizaba.

Cuando colgó por fin el teléfono y rellenó los últimos campos en la base de datos, se permitió el lujo de ponerse a leer un buen libro. Su mujer llegó un buen rato después y soltó un gritito de placer al inspirar el aroma del hogar.

—¡Has hecho pan casero! —exclamó, y entró en el salón con cara de felicidad—. Comida casera, la casa impoluta… De verdad, eres mi héroe.

Le estampó un beso y, por un largo rato, el libro quedó olvidado en favor de actividades más placenteras. ¿Quién necesitaba una brillante armadura? Realmente, la vida anodina también tenía sus recompensas.

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