Al fin se decidió a romper el huevo y salir al exterior. El resto de sus hermanos ya lo habían hecho y ocupaban todo el espacio, comiéndose toda la comida. El dragoncito tenía sólo dos opciones: quedar relegado a un rincón, hambriento, o atacar a sus hermanos y reclamar su lugar en el mundo.
Así fue como el dragón acabó con la competencia de sus hermanos, y más tarde de sus padres, abandonando su predisposición natural a hacer el bien para convertirse en una bestia sin corazón, territorial y avariciosa.
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Escribí este relato en septiembre de 2011 directamente para el blog.
