Cuando los asesinos comenzaron a matar funcionarios, Alfred estaba en el baño porque había comido demasiado y el exceso le había sentado mal. Esa desagradable circunstancia no solo le salvó la vida, sino que le hizo ascender varios puestos en la corte.

Poco después, una flecha dirigida a su persona se clavó en su mayor competidor, que se puso en medio justo a tiempo. La casualidad quiso también que más adelante otro compañero probara el vino envenenado que estaba destinado a acabar con Alfred.

Entonces muchos competidores recelosos excavaron en su pasado, encontraron la larga lista de afortunadas casualidades que le habían llevado a su posición y la tergiversaron. Alfred fue declarado culpable de asesinato, pero siguió con el ánimo en alto. Estaba convencido de que la fortuna volvería a cobrarse una nueva víctima para salvarle a él.

Eso siguió pensando hasta que estuvo frente a frente con el verdugo.

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