Espero junto a la estatua del Ángel Caído, pero mi cita ya lleva diez minutos de retraso. Empiezo a impacientarme, pero temo que ya es tarde y que la única persona capaz de ayudarme a evitar que los doppelgänger controlen la ciudad ha sido capturada, como todos los demás. Como Fede.
Él siempre fue un fuera de serie en todo cuanto hacía; cualquiera hubiera pensado que se enamoraría y casaría con una mujer mucho más perfecta e inteligente que yo. No obstante, me eligió a mí y vivimos dos felices años antes de que comenzaran los desalojos y las expropiaciones injustificadas en nuestro barrio.
Fue entonces cuando decidió meterse en política junto con sus amigos y algunos afectados, aunque todo el mundo le tomara por un iluso. Yo le di mi apoyo incondicional: si alguien podía cambiar el mundo, ese era él.
El ascenso al poder de Fede fue tan rápido como espectacular, quizás porque el pueblo ya estaba cansado de los políticos y de su corrupción. Fuera por lo que fuera, en poco tiempo el partido pasó de ser un desconocido a ganar por mayoría a todos los demás.
No sé quién quedó más sorprendido, si nosotros o el resto, pero creo que a los doppelgänger les pilló desprevenidos, ya que tenían infiltrados en todos los partidos fuertes, pero no habían prestado atención al nuestro.
La cuestión es que a ellos no les hizo ninguna gracia que un par de desconocidos se convirtieran de la noche a la mañana en el alcalde y la primera dama. Tanto menos cuando nuestras primeras medidas fueran paralizar las expropiaciones y los desalojos en toda la ciudad, auditar las cuentas públicas de las anteriores legislaturas y desenmarañar la red de injusticias y engaños que habían tejido desviando dinero público a extraños proyectos privados.
Todos ellos fueron procesados, pero curiosamente, de alguna forma u otra, los implicados desaparecían o morían en circunstancias sospechosas antes de llegar a ser encerrados en la cárcel. Ahora sé que esos políticos —los verdaderos— habían desaparecido del mapa tiempo atrás, y que los doppelgänger se habían limitado a ocupar sus identidades mientras les fueron útiles.
Ojalá entonces hubiera sabido todo esto, pero supongo que si me lo hubieran contado me habría limitado a reírme.
En total murieron o desaparecieron veinte políticos en el primer año de gobierno de Fede. Veinte de esos monstruos, que quedaron libres y dirigieron su atención a aquellos que ocupábamos el poder, mientras jueces y policía investigaban una maraña de pistas que no iba a ninguna parte.
Creo que una de las primeras en ser suplantada fue la secretaria de Fede. Era una mujer callada y retraída, a la que no conocíamos fuera del despacho, así que les debió resultar sencillo sustituirla
Con ella observando nuestros movimientos, no les resultó complicado empezar a aprender de nosotros lo necesario para emularnos sin que nadie se diera cuenta de cambio.
Probablemente, el siguiente fuera Roberto, uno de los del partido, que gozaba de la confianza de Fede, aunque no de su amistad. Él intentó acercarse a Fede a través de mí, pero no soy de las que responden a adulaciones. Creo que eso mismo fue lo que me salvó de ser la siguiente, así que centraron su atención en el mejor amigo de mi marido, Rodrigo.
Estoy segura de que llegaron a él a través de su nueva novia, Amira, aunque no sabría decir si a ella la suplantaron o fue un monstruo desde que le conoció. Fede y yo no intimamos con ella, pero según el amigo de mi marido ella no paraba de interesarse por nosotros.
Un día, Amira dejó de aparecer y Rodrigo comenzó a comportarse de forma extraña. Lo achacamos a la ruptura y a las presiones a las que estábamos sometidos, ya que hacer funcionar una ciudad sin experiencia en esos temas es agotador, más teniendo que lidiar con todo tipo de aprovechados a cada paso y una investigación judicial por los políticos muertos.
Un día escuché un ruido extraño y, al entrar en el despacho de mi marido, sentí algo inquietante en el ambiente. Él intentó tranquilizarme con un beso, pero en cuanto sus labios rozaron los míos supe que ese no era Fede.
—¿Quién diablos eres? —pregunté, apartándome.
Él hizo amago de razonar conmigo, pero en seguida se lo pensó mejor y empezó a avanzar hacia mí con una expresión aterradora en el rostro. Yo retrocedí, pero sentí cómo alguien me sujetaba por detrás. Era la secretaria de Fede, con una mueca igual de terrorífica. Logré sobreponerme y reaccionar, usando mis conocimientos de autodefensa para zafarme de ella y huir del ayuntamiento.
Vagabundeé por las calles un buen rato, desconcertada y en estado de shock, hasta que finalmente entré a un café y me autoconvencí de que todo había sido producto de mi imaginación. Decidí acabar mi chocolate y volver, con la certeza de que mi marido estaría preocupado por mí. Me sentía mal porque iba dañar su imagen al no asistir con él a un acto inaugural muy importante. Pero entonces miré hacia el televisor y me vi a mí misma, o a alguien que era exactamente igual que yo, en directo, sonriente junto con la réplica exacta de mi esposo, que cortaba la cinta inaugural del edificio .
Histérica, llamé a Rodrigo, que se rió y me habló con suavidad para tranquilizarme. Finalmente, me dijo que el estrés me estaba volviendo paranoica e intentó convencerme de que fuera a su casa para hablar. En ese momento, me di cuenta de que no estaba hablando con el verdadero Rodrigo, no sólo por intentar quedar conmigo a solas, sino por el conjunto de su reacción, demasiado fría y calculada, poco sorprendida. Fue entonces cuando supe que no podía fiarme de nadie.
Caminé sin rumbo, al borde de un ataque de nervios, hasta que mis pasos me llevaron a una biblioteca. Entré y comencé a navegar por internet en cuanto uno de los ordenadores quedó libre, en busca de información sobre lo que estaba pasando.
Buceando en páginas conspiranoicas de las que tanto me había reído en el pasado, descubrí que ellos se llamaban doppelgänger y que tenían la habilidad de adquirir, a voluntad, el rostro y el porte de cualquier persona viva.
Eso me dio esperanza ya que, de ser cierto, Fede aún estaría vivo en alguna parte. Una vez supe eso, mi angustia se atenuó un poco y me concentré en seguir investigando a esas criaturas, que al parecer eran terriblemente difíciles de matar. No obstante, no me amedrenté. Fede estaba vivo y por él soy capaz de hacer cualquier cosa.
***
Fede despierta en su diminuto habitáculo, sin ventanas, amueblado únicamente por un catre y un recipiente que le sirve de orinal. Las bestias le habían cogido por sorpresa en cuanto entró en su despacho, cree que hace un par de días, aunque no puede estar seguro del todo.
Desde entonces, le han sometido a todo tipo de alucinaciones, sospecha que para ver cómo reacciona en las distintas situaciones y para descubrir la información necesaria para capturar a su esposa, Amaia. Por suerte, suele darse cuenta casi en seguida y desbarata así todos los intentos de los monstruos.
Sabe que ella ha escapado, lo que le alivia. No obstante, la conoce lo suficiente como para saber que Amaia es una luchadora y que, a pesar de que se suele infravalorar, es muy inteligente. Acabará por descubrir dónde está y por atacar el recinto en un intento por rescatarlo, lo que implicará su captura.
No va a permitir eso. Sólo puede contar con dos cosas: que su intelecto le haga percibir que lo que ve no es real y las nociones de autodefensa que Amaia le había obligado a tomar. Sólo espera que sea suficiente para escapar a tiempo.
***
Decido que ya he esperado el tiempo suficiente junto a la estatua. Conocí a esa adivina en una tienda de componentes mágicos a la que pasé en busca de más información sobre los doppelgänger.
Ella supo en seguida que yo no era una de esas colgadas que van por ahí en busca de amuletos contra demonios invisibles, sino que me había topado cara a cara con monstruos de verdad. Unos monstruos que ella había creído extintos. Casi se había desmayado al contarle yo la magnitud de la estructura de poder que habían formado, y decidió ayudarme en todo lo posible para detenerles. Gracias a ella sé lo que sé y he logrado esconderme de ellos estos días, pero parece que la han cogido.
Suspiro resignada y me levanto, justo en el momento en que la veo aparecer.
—Vamos. No es lugar seguro —me dice en cuanto me ve.
Inmediatamente sé que no es la adivina. Nada más conocernos acordé que tendríamos una contraseña que diríamos nada más vernos, y no es precisamente “Vamos, no es lugar seguro”.
Cojo un buen pellizco de las sales especiales que llevo siempre conmigo y se las echo a la cara. Inmediatamente se empiezan a desdibujar los rasgos de la adivina y aparece una cara negra e informe en su lugar.
Una conmoción se desata entre la gente que está en el parque, ya que todos se dan cuenta de que no es una máscara. El doppelgänger no se percata de eso y sigue pensando que lo que le he tirado es un puñado de tierra para cegarle, así que me intenta alcanzar, pero se lleva una buena patada en su feo rostro y rápidamente acuden en mi ayuda un grupo de patinadores.
Una vez le han reducido, miran con asco a la criatura y comprueban que, efectivamente, lo de ese monstruo no es un disfraz. La gente comienza a acercarse, incluso un par de policías se aproximan para ver qué pasa, y todos miran atónitos a esa cosa.
Al final, acaban por reconocerme y esperan una explicación, así que me preparo para pronunciar el discurso de mi vida, aunque, teniendo como tienen delante una prueba viviente de lo que digo, no me tomarán por loca.
Les hablo de todo lo que sé y de mis sospechas de que tienen a un infiltrado en cada cargo de importancia, posiblemente también en el gobierno nacional, que no en vano tiene su sede en esta misma ciudad.
La gente comienza a reaccionar con indignación y con miedo. Unos pocos deciden marcharse, incrédulos, pero son muchos los que se quedan. Miran a la criatura que hemos capturado con odio, y seguramente se preguntan si alguno de sus conocidos es en realidad uno de ellos.
Llueven las preguntas. Quieren saber cómo se puede descubrir a una de esas criaturas cuando son capaces de imitarnos tan perfectamente y, lo que es mejor, intentan averiguar cómo matarlos. En ese momento, me doy cuenta de que no necesito a la adivina, porque el doppelgänger encargado de cogerme, al que he capturado, me va a proporcionar lo que necesito: un pequeño ejército.
***
Fede sabe que la que entra en el despacho no es Amaia casi de inmediato. Nada más darse cuenta, toda la alucinación se va al traste y vuelve a estar en su celda con una de esas criaturas, que mantiene la apariencia de su esposa. No obstante, él sigue actuando como si nada.
—Fede, no tenemos tiempo, estamos en peligro ¿Dónde podemos ir?
—No temas, mi vida. Ya se encargarán los guardaespaldas de protegernos de cualquier amenaza. Para eso les pagamos —le responde. Sabe que buscan cualquier pista que pueda conducirles al paradero de su esposa.
—Pero Fede ¡Ellos también nos quieren muertos!
Fede sonríe, esperando que al doppelgänger le parezca más una sonrisa de paciencia que una de triunfo. Se palmea el regazo, indicando a su “esposa” que se siente en él. La cosa duda, pero acaba cediendo, con la esperanza de que eso la ayude a recabar información.
En el momento en que se acerca lo suficiente, Fede agarra la cuerda que ha hecho con su manta y la envuelve alrededor del cuello de la criatura, apretando fuerte para ahogarla.
—¿Qué pasa, monstruito? ¿No te gusta tu collar nuevo? –gruñe, apretando más.
La criatura se retuerce e intenta zafarse, y él casi pierde la concentración con la imagen de sus manos tirando de la soga que está asesinando a su esposa, en su dormitorio, pero se recompone y no se fía de lo que ve, volviendo de nuevo a ver su celda.
Está así varios minutos más, en los que la cosa se niega a morirse, pero por fin recupera su verdadera forma y deja de retorcerse.
Con una mueca de asco, se la quita de encima y la arrastra hasta la puerta, que se ha quedado entreabierta. La cierra asegurándose antes de que la cabeza de la criatura está en medio. Aun con esas, para estar seguro, repite la operación varias veces hasta que oye desagradables crujidos. Puede que sean difíciles de matar, tal y como le habían asegurado cuando le llevaron a ese lugar y él intentó escaparse haciéndole a uno de sus captores la inútil llave del sueño. Pero desde luego ningún ser vivo es capaz de sobrevivir al aplastamiento de su cabeza.
***
He usado buena parte de mis sales asegurándome de que los voluntarios que se han unido a mí son humanos y no infiltrados de los doppelgänger. Agradezco que la bruja consiguiera explicarme cómo realizar el preparado antes de que quedáramos en la estatua y fuera capturada. A pesar de que no es más que sal mezclada con ciertas esencias de plantas comunes y fáciles de conseguir, en estos momentos son para mí la sustancia más valiosa del mundo.
Ninguno de ellos es una amenaza y les explico lo que sé, segura de que entre todos adivinaremos cuál es el lugar en que se encuentra mi marido. Cuando acabo de hablar, como empezamos a llamar la atención y no logramos llegar a ninguna conclusión, cada uno nos vamos por donde hemos venido, acordando quedar en el mismo sitio dentro de dos horas. Es un corto espacio de tiempo para reunir información, pero no creo que sea buena idea esperar mucho más.
Antes de que se marchen, les animo a echar fotos a la criatura con sus móviles y les susurro a cada uno una estrofa de mi canción favorita para que la memoricen. Luego me dirijo, junto a dos de los voluntarios, que se han hecho con cuchillos y palancas, a un lugar apartado en el que nadie nos moleste mientras interrogamos a la criatura.
Por suerte, el frío que hace evita que haya mucha gente paseando por el parque, y menos por los senderos menos transitados. Es algo poco probable que los doppelgänger hayan enviado gente a buscar a nuestra presa pero, al igual que dispersarnos temporalmente, es una precaución necesaria, al menos hasta que sepamos dónde está Fede y podamos atacar.
Cuando encontramos el lugar idóneo empezamos el interrogatorio, pero la criautura se niega a hablar y lo único que sale de su fea boca es una risa siniestra. Una hora después, frustrada, lo dejo por imposible. No hay tiempo, ya que si esperamos más llegaremos tarde a la estatua, y tampoco creo conveniente volver a arrastrar a la criatura por todo el Retiro, así que la matamos a golpes y volvemos caminando al punto de encuentro después de descuartizarla y cubrir sus restos con hojas secas.
En la estatua ya hay varias personas esperando. Me alegra ver que algunos han preparado sus propias sales, y que uno de ellos nos lanza un poco a la cara cuando nos ve llegar. Tras comprobar que somos nosotros, recitan sus fragmentos en mi oído para demostrar su identidad y esperamos a los demás.
—¿Por qué no acudes a un acto donde esté ese impostor y le lanzas las sales a la cara para que todos sepan lo que es? –me pregunta uno de ellos, entonces.
Le explico que, si hiciera eso, no sólo no encontraríamos a los prisioneros, sino que también matarían a Fede como represalia, por no hablar de que seguiríamos sin saber quiénes son en realidad todos los infiltrados.
El chico me mira con un profundo respeto y traga saliva, algo avergonzado por no haber pensado en ello. Le doy un par de palmaditas en la espalda, consoladora; espero que mi pequeña reprimenda no tenga consecuencias negativas si tenemos que luchar y se ve obligado a tomar una decisión.
Luego llega otro joven que me lanza sus propias sales. Comprobada mi identidad, me enseña un mapa de Madrid que ha hecho a toda prisa ayudado por sus amigos, que siguen trabajando en ello desde sus casas. En él, hay marcas en los sitios en los que han pasado cosas extrañas relacionadas con cambios de actitud de las personas o intentos de secuestro. Salvo algunas excepciones que pueden no estar relacionadas con los monstruos, hay un patrón claro en forma de círculo: los casos son menos frecuentes conforme te alejas de un punto central.
Desde luego, es una buena pista. Otra persona del grupo señala que justo en la zona central del círculo hay un edificio abandonado que no hay manera de vender porque se dice que está maldito por un duende. Vamos a tomar por asalto ese edificio.
***
Fede mira con frustración la cerradura del sótano, que inútilmente ha tratado de forzar para salir. Furioso consigo mismo, vuelve atrás para registrar el cadáver del monstruo y oye una voz familiar procedente de una de las habitaciones laterales, que no se ha molestado en investigar para no perder tiempo. Como esas puertas son más débiles que la principal —y desde luego no están reforzadas en acero—, la abre de una fuerte patada, aunque se hace un poco de daño.
—¿Fede? —pregunta Rodrigo—. No. No eres real, no eres real —sigue diciendo. Cierra los ojos y niega con la cabeza.
Fede comienza a hablarle, y le cuenta una anécdota que sólo ellos conocen. Una vez que su amigo reacciona y se da cuenta de que no es una alucinación, le exige que confirme su identidad haciendo lo mismo. Luego, se dan un fuerte abrazo.
Fede le explica la situación y van juntos a registrar el cuerpo, en el que encuentran un manojo de llaves. Será más efectivo que todos los prisioneros salgan de donde quiera que estén juntos, así que comienzan a abrir las celdas, no sin antes dar Rodrigo una patada al asquerosos cadáver del monstruo.
***
Se trata de un edificio del Madrid Histórico que, a juzgar por los planos que el chico y sus amigos internautas han sacado del catastro, consta de tres plantas y un sótano. En teoría está desocupado, aunque no se pueden dejar de percibir señales de ocupación.
Una aparentemente inocente anciana se acerca al edificio, abre el portal y se dispone a entrar. Los dos policías, que regresaron con otros cuatro compañeros de confianza tras mostrarles una foto en sus móviles del doppelgänger, se acercan, le lanzan sales a la cara desvelando su verdadera forma y, antes de que reaccione, la arrastramos entre todos adentro y la mandamos al otro barrio.
Justo entonces, se abre la puerta al sótano y salen de ella unos desarreglados Fede, Roberto y Rodrigo, seguidos de cerca por el jefe del partido de la oposición, la adivina, un conocido empresario y una docena de personas a las que no reconozco.
Nada más mirarle a los ojos, sé que es el verdadero Fede y me inunda el alivio, pero mis compañeros no saben nada y les llenan la cara de sales. Sólo uno demuestra ser un monstruo, al que despachan en seguida mientras me aferro con fuerza a mi marido.
***
Fede mira con adoración a su esposa y se obliga a sí mismo a separarse de ella. Agotado, aunque sabiéndose a salvo, sólo le apetece ir a su casa, tumbarse en el regazo de Amaia y olvidarse de esa locura. Pero queda mucho por hacer, como descubre cuando oye el breve resumen de la situación. Suspira y medita unos momentos. Una sonrisa empieza a aparecer en su cara. Tiene un plan.
***
Ha pasado una semana desde que el caso doppelgänger salió a la luz pública.
Después de asegurarnos de la liberación de los prisioneros y registrar el edificio liquidando a otros dos monstruos, nos dividimos.
Un grupo acompañó a los liberados hasta sus hogares para desenmascarar a los monstruos que les habían robado sus identidades. No estaban avisados y mataron a casi todos, aunque un par logró escapar.
Mientras, mi marido y yo, acompañados de algunos de los policías, aprovechamos un acto político para desenmascarar a otras cuatro de esas criaturas —las que se hacían pasar por Roberto, por Rodrigo, por Fede y por mí—, delante de un montón de periodistas.
Desde entonces, todo ha sido un auténtico caos, aunque la situación se empieza a normalizar, especialmente después de que desveláramos la receta de las sales que sacan a la luz la verdadera forma de los monstruos.
Gracias a la generalización de esas sales y a las patrullas ciudadanas que recorren la ciudad en busca de esas criaturas, muchas de ellas encabezadas por algunos de los que me acompañaron a rescatar a los prisioneros, se han capturado vivos a siete monstruos más sólo en Madrid. Han sido retenidos en lugar seguro y son examinados por científicos de todo el mundo.
En muchas otras capitales también comienzan a organizarse en busca de posibles conspiraciones de doppelgänger, y por lo que sé se han encontrado organizaciones similares a las de Madrid en buena parte de ellas, aunque el caos mediático es tal que no podemos estar seguros.
Es difícil vivir en un mundo en que no puedes estar del todo seguro de quién es humano y quién no, pero muchos establecimientos han impuesto como norma obligatoria para entrar en los locales que los clientes se vean expuestos a las sales, y desde luego Fede ha promulgado una norma similar para los edificios públicos con el fin de evitar nuevas infiltraciones, algo que se está emulando en muchos otros lugares.
Una cosa me sigue impidiendo descansar tranquila, no obstante, y es que la adivina me contó que los doppelgänger son solo un tipo de monstruo, que hay muchos más. Se les cree exterminados, al igual que a los doppelgänger, pero ¿y si no es así? He convertido en mi cruzada personal asegurarme de ello.
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Escribí este relato en enero de 2012 para una antología de relatos de fantasía que tenía como eje común la estatua del ángel caído de Madrid. Como en muchas otras antologías, nunca más se supo nada, y el relato permaneció inédito hasta que lo encontré en un usb viejo y lo he retocado un poco para publicarlo aquí.
