La anciana apenas sabía leer pero, cuando encontró el diario de su hijo, muerto en la guerra, se sentó frente a la ventana y decidió no moverse hasta terminarlo.

Lo leyó muy lentamente, casi letra a letra, empeñada en comprender hasta la palabra más insignificante. A medida que pasaba las páginas no pudo evitar reír, llorar y, casi al final de las páginas escritas, sorprenderse.

Una vez finalizó todo, se secó las lágrimas y se dirigió a la chimenea. Nadie, jamás, debía averiguar lo que había descubierto.

2 comentarios

  1. Es interesante, tantas emociones y no todas son buenas dan para pensar que no es algo malo, pero va y tira el diario a la chimenea. me parece que ha quedado bien el relato.

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