—Este chocolate es una mierda —dijo el escudero con una mueca de asco mientras dejaba el cuenco a un lado—. No tiene ninguna pureza, y la leche es de cabra, no de vaca. —Zarek le ignoró y siguió afilando su espada, acostumbrado como estaba a las constantes quejas del muchacho—. En Farway sí que tenemos chocolate como Dios manda y no esta bazofia que tienen los extranjeros.
—Técnicamente, Keral, los extranjeros somos nosotros, que para eso estamos en su país. Y no se te ocurra quejarte de nada a nuestros anfitriones, o dejarán de invitarme a participar en los torneos y no nos quedará ni una moneda de oro para gastar en chocolate, ni del de aquí ni del bueno.
—Bah, tú eres el mejor, no dejarían de invitarte. Pero tienes que reconocer lo malos anfitriones que son. La comida es un asco, el chocolate parece mierda líquida y los aposentos son ridículamente pequeños. Y, para colmo, los colchones están tan gastados que uno no puede dormir a gusto —siguió gruñendo Keral, tras lo cual se tumbó en su catre y lanzó un sonoro suspiro, que fue seguido al rato por otro.
Poco a poco, los incesantes suspiros de su escudero comenzaron a crispar a Zarek, cuya espada estaba tan afilada ya que podía cortar cualquier miembro de una sola tajada.
—Desde luego, muchacho, no sé qué es peor: si cuando no paras de quejarte o cuando te entra la morriña. Quizás debería plantearme dejarte en casa la próxima vez.
Keral se levantó como un resorte, asustado por la posibilidad de que su señor hablara en serio.
—No harías eso ¿verdad? ¿Qué ibas a hacer sin mí?
—Buscarme a otro escudero que no me dé la brasa cuando viajamos. La vida de todo Caballero Rojo ya es complicada de por sí, no necesito a un niñito gruñón y maleducado soltando barbaridades a cada paso.
—Pero si me encanta viajar contigo, Zarek, sabes que no lo digo en serio —mintió rápidamente el pilluelo.
—Pues cállate y déjame centrarme en mis cosas. Esto es lo que hay; si nuestros anfitriones no tienen nada mejor, tendremos que apechugar.
Keral se tumbó en la cama y cerró los ojos, quedándose rápidamente dormido. Zarek le miró con una sonrisa en la boca, ya que le consideraba, con mucho, el mejor escudero que había tenido nunca. Sabía perfectamente que el jovencito no sería capaz de quedarse callado y que, en cuanto despertara y fuera a pasear por el castillo de sus anfitriones, comenzaría a transmitir sus quejas a cualquiera que quisiera oírlas, insinuando que su señor le había dicho que sus anfitriones no podían permitirse tratarle con todo el lujo que merecía pero que, como buen caballero que era, se conformaría con lo que había.
Así, él no quedaría como un maleducado, pero sus anfitriones sabrían de su descontento y, aunque fuera por mantener su apariencia de gran prosperidad, al día siguiente le cambiarían a una estancia más cómoda y le prepararían una comida mejor. Tenía razón, ese chocolate era una basura.
Sígueme en…
O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.
Escribí este relato del reto Vuestras consignas, mi relato en octubre de 2011. En él, Elisa, Belinda y Nerea-luna de caramelo, propusieron las consignas espada, morriña y chocolate. Páginas en blanco propuso el nombre de Zarek.
