Ese paquete sin remitente era como el gato de Schrödinger: mientras siguiera cerrado, era algo bueno y algo malo a la vez. Porque a ver, ¿qué clase de persona manda un paquete sin remitente? Solo los bromistas, los admiradores secretos y los terroristas.
Karina agitó el paquete con temor y con esperanza, pero no sonaba nada, y el peso no le dio ninguna pista sobre lo que podía contener. Quería y no quería abrirlo al mismo tiempo, así que lo dejaba sobre la mesa y seguía a sus cosas, pero al rato volvía decidida a abrirlo y se detenía en el último momento.
Estuvo en ese limbo todo el día, hasta que llegó su hijo y, sin preguntar ni nada, abrió el paquete y sacó… un bloc de dibujo.
—¡Por fin! Me lo dejé en casa de la abuela este verano y me siento desnudo sin él.
Karina, decepcionada y aliviada a partes iguales, tiró la caja a la basura y por fin pudo seguir con su vida.
La consigna de este relato que escribí el mes pasado era: «Tu protagonista ha recibido un paquete sin remitente. Haz una historia sobre qué piensa. ¿Se decidirá a abrirla?»
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