Por alguna razón, su madre le tenía tirria y deseaba saber por qué. Necesitó más de una triquiñuela y la colaboración de su hermano para descubrir el secreto, pero entonces quiso no haber insistido tanto. No era su verdadero hijo, sino un bastardo. Ella solo había aceptado adoptarle porque, tras muchos años intentando quedarse encinta, había creído que no era fértil. Poco después de firmar los papeles sucedió el milagro, pero ya era tarde para echarse atrás.

Le llevó varios días aceptarlo, pero lo hizo: eso no cambiaba nada. De hecho, era casi un alivio que hubiera una razón para tanta inquina.

No obstante, su hermano no pensaba igual: ahora sabía que era el legítimo heredero y quería ocupar la posición que le correspondía. Si eso significaba quitar de en medio al bastardo… bien, tampoco pasaba nada: solo tenía que ser discreto y sabía que su madre le ayudaría a lograrlo.

Sígueme en…

O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *