Por alguna razón, su madre le tenía tirria y deseaba saber por qué. Necesitó más de una triquiñuela y la colaboración de su hermano para descubrir el secreto, pero entonces quiso no haber insistido tanto. No era su verdadero hijo, sino un bastardo. Ella solo había aceptado adoptarle porque, tras muchos años intentando quedarse encinta, había creído que no era fértil. Poco después de firmar los papeles sucedió el milagro, pero ya era tarde para echarse atrás.
Le llevó varios días aceptarlo, pero lo hizo: eso no cambiaba nada. De hecho, era casi un alivio que hubiera una razón para tanta inquina.
No obstante, su hermano no pensaba igual: ahora sabía que era el legítimo heredero y quería ocupar la posición que le correspondía. Si eso significaba quitar de en medio al bastardo… bien, tampoco pasaba nada: solo tenía que ser discreto y sabía que su madre le ayudaría a lograrlo.
Todos los relatos cortos y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
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Escribí este microrrelato en marzo de 2018, en el contexto del reto de escritura creativa palabras olvidadas. Esta vez las palabras eran tirria (Manía, odio u ojeriza hacia algo o alguien) y triquiñuela (Medio que se emplea con astucia y habilidad para conseguir una cosa, y en el que hay oculto un engaño o una trampa).
