«Hazlo tú mismo, especialmente si se trata de algo delicado, y así te cubrirás las espaldas y te asegurarás de que se hace bien», solía decir su madre, mientras le acunaba sobre su falda y preparaba a la vez su deliciosa mermelada de albaricoque. Julio al principio se lo tomaba al pie de la letra, pero había un problema: era un patoso y ninguna de las tareas que emprendía le salía bien. 

Pronto, se dio cuenta de que hacer lo contrario a esa consigna era lo mejor para él y que, en realidad, su único talento era conseguir que los demás trabajaran por él. Julio explotó ese talento con acierto y pronto prosperó. Se rodeó de una multitud de esbirros y, dado que nunca se ensuciaba las manos, empezó a darle un poco igual si las tareas que les encargaba no eran del todo legales. 

Cuando su organización criminal comenzó a crecer demasiado empezaron los problemas: todos los capos eran gente brutal y castigaban ellos mismos a los que se salían del redil. A Julio, sin embargo, lo de torturar y matar no se le daba nada bien. Como siempre, buscó la solución encargándole esos trabajos sucios a otra persona, un matón apodado Quebrantahuesos, pero poco a poco todos comenzaron a temer más a su esbirro que a él. 

A Quebrantahuesos, por su parte, comenzó a subírsele el poder a la cabeza y empezó a pensar que no tenía sentido ser el asalariado de un hombre débil pudiendo ser el jefe. Así pues, acabó con Julio igual que había acabado con sus enemigos: de una forma brutal. 

Julio tuvo mucho tiempo, entre tortura y tortura, de acordarse de las palabras de su madre y de arrepentirse de no haberlas puesto en práctica, aunque solo fuera con un asunto tan delicado.    

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