«Hazlo tú mismo, especialmente si se trata de algo delicado, y así te cubrirás las espaldas y te asegurarás de que se hace bien», solía decir su madre, mientras le acunaba sobre su falda y preparaba a la vez su deliciosa mermelada de albaricoque. Julio al principio se lo tomaba al pie de la letra, pero había un problema: era un patoso y ninguna de las tareas que emprendía le salía bien.
Pronto, se dio cuenta de que hacer lo contrario a esa consigna era lo mejor para él y que, en realidad, su único talento era conseguir que los demás trabajaran por él. Julio explotó ese talento con acierto y pronto prosperó. Se rodeó de una multitud de esbirros y, dado que nunca se ensuciaba las manos, empezó a darle un poco igual si las tareas que les encargaba no eran del todo legales.
Cuando su organización criminal comenzó a crecer demasiado empezaron los problemas: todos los capos eran gente brutal y castigaban ellos mismos a los que se salían del redil. A Julio, sin embargo, lo de torturar y matar no se le daba nada bien. Como siempre, buscó la solución encargándole esos trabajos sucios a otra persona, un matón apodado Quebrantahuesos, pero poco a poco todos comenzaron a temer más a su esbirro que a él.
A Quebrantahuesos, por su parte, comenzó a subírsele el poder a la cabeza y empezó a pensar que no tenía sentido ser el asalariado de un hombre débil pudiendo ser el jefe. Así pues, acabó con Julio igual que había acabado con sus enemigos: de una forma brutal.
Julio tuvo mucho tiempo, entre tortura y tortura, de acordarse de las palabras de su madre y de arrepentirse de no haberlas puesto en práctica, aunque solo fuera con un asunto tan delicado.
Escribí ese relato breve en mayo de 2019 con las palabras de los lectores, en este caso tenía consignas de María Angélica Teherán (falda y Hazlo tú mismo) y de @subealanabe (Albaricoque).
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