Sonó el despertador y se bajó de la cama emocionada, como cada noche, hasta que descubrió que la lluvia velaba el cielo nocturno. Aun así, se vistió y se dirigió a la playa con la esperanza de que el mal tiempo se despejara lo suficiente como para poder saludar a su estrella, como cada noche. Pero el tiempo no hizo más que empeorar y la marea comenzaba a subir, lo que creaba olas cada vez más peligrosas.

Ella odiaba el mar tanto como amaba a su estrella, de modo que aguantó todo lo que pudo antes de tener que salir, derrotada, de la play. Luego se dirigió, medio llorando, de vuelta al calor de su hogar.

Su estrella, sin embargo, tenía una visión tan profunda que superaba todos los obstáculos, incluyendo nubes y lluvia, así que había visto a su querida niña en la playa, dispuesta a saludarle como cada noche. Conmovido, susurró:

—Solo unos años más y, cuando crezcas lo suficiente, bajaré a tu lado y nada podrá separarnos.

Y allí abajo, en la Tierra, la niña sonrió en sueños.

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