Los sábados eran especiales para la anciana, porque era el único día en que veía a sus nietos. Siempre tenían la misma rutina y tanto a ellos como a ella misma les encantaba: primero les llevaba al mercadillo y luego les daba de comer un buen cocido. Nada de las comidas light que les preparaban sus nueras, no, algo con sustancia. De postre, melocotón en almíbar, que los chiquillos acompañaban con una buena montaña de nata; luego, mientras ella recogía todo, se ponían a jugar con la consola que ella había adquirido después de tantos años de ahorrar una buena parte de su mísera pensión. Cuando llegaban sus hijos y sus nueras para llevarles a casa, los nietos se aferraban a su abuela y suplicaban que les dejaran quedarse hasta la hora de cenar.

Pero poco a poco la costumbre se fue perdiendo. Los nietos iban creciendo y ya no tenían tanto tiempo como antes, o preferían gastarlo con sus amigos o vagueando en su casa. El mercadillo ya no les interesaba, el cocido les parecía demasiado grasiento, no querían ni ver el melocotón en almíbar ni la nata para no engordar y la consola que tanto esfuerzo le había costado comprar se había quedado anticuada.

Al final, los sábados acabaron siendo tan solitarios como el resto de la semana, al menos hasta que nacieron sus bisnietos y sus desagradecidos nietos volvieron a ella, esta vez para pedirle que, por favor, cuidara de sus hijos mientras ellos y sus parejas trabajaban. Pero ella no se quejaba, no. De esta forma era como si, a excepción de los domingos que sus nietos no tenían que trabajar, todos los días fueran sábado.

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