En la ciudad todo era racional y estaba perfectamente controlado. Dominaba el gris y no había nada parecido a la diversión: se pasaba de un trabajo agotador a un descanso reparador. Hasta que empezaron los sueños. En ellos, los ciudadanos se convertían por unas horas en seres en blanco y negro que vivían grandes aventuras ayudados por una criatura colorida, al ritmo de una pegadiza melodía.

Luego despertaban y volvían a sus vidas. O no. De vez en cuando, alguien se ponía a tatarear la melodía. O una persona cambiaba su rutina. O aparecía una nota de color en alguna ventana.

Por supuesto, todos estos actos de subversión eran detenidos en el acto. Pero llegó un punto en que eran demasiados para eliminarlos a todos sin que el sistema se desplomara. Y los mismos que deberían detener estos actos acabaron uniéndose a los infractores.

Pronto, los colores y la melodía se fueron apoderando de la ciudad. El siguiente paso llegó cuando los ciudadanos empezaron a componer nuevas canciones y a mezclar esos colores para crear nuevas maravillas.

Luego empezaron a contar historias, y los gobernantes decidieron darse por vencidos. La fantasía había sorteado sus defensas y les había invadido. Ahora les tocaba a ellos retirarse y dejar que disfrutara de su triunfo. Tarde o temprano les volvería a tocar a ellos, y se encargarían de devolver a la ciudad al camino de la racionalidad.

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