Anabel frunció el ceño cuando miró al calendario. 14 de febrero: San Valentín, una vez más sin pareja.
Sus amigas le habían recomendado no cortar con su novio dos semanas antes del gran día, pero ¿le interesaba aguantar dos semanas más con una persona con la que ya no quería estar sólo para que, siendo tan poco detallista como era su ex, le regalara una rosa de plástico o un peluche con forma de corazón (¡cómo los odiaba!) de los chinos?
Evidentemente, había decidido cortar por lo sano, y así se ahorraba comprarle un regalo. Tampoco estaba la economía para gastar el dinero en un desagradecido que iba a regalarle de vuelta una payasada como esas. Pero claro, ahora era una de esas mujeres a las que la sociedad consideraba dignas de lástima que pasaban solas San Valentín.
No había tenido en toda su vida un San Valentín con novio. Nunca había coincidido, y tampoco la había importado. Pero la presión de sus conocidos comenzaba a pasar factura y le empezaban a deprimir todas las insinuaciones veladas sobre cómo iba a ser una solterona el resto de su vida. Como si ser soltera e independiente fuera el mayor problema del mundo, y como si san Valentín no fuera un invento de los grandes almacenes para ganar ingresos extra.
Sin ganas, se dirigió a su trabajo en una pequeña tienda de ropa escondida en una callejuela del centro de Madrid. Una vez allí, se acomodó en la silla tras el mostrador y se dispuso a leer un libro, a la espera de que entraran clientes. Francamente, no sabía cómo se mantenía el negocio, porque en su turno no entraba ni el Tato, pero a su jefa parecían irle bien las cosas y estaba bastante segura de que no la iban a despedir en un futuro próximo. La mañana fue todo un record, ya que entraron nada menos que diez personas, todos hombres que tenían novia y a los que se les había olvidado tan memorable fecha. Típico.
Todo fue a peor cuando vio entrar a su ex por la puerta, escondiendo tras la espalda una rosa de plástico que parecía más un clavel deslucido que otra cosa y un horrible osito peluche, seguramente en un intento por pillarla con la guardia baja para volver, aunque ni siquiera se había molestado en llamarla desde que cortaron.
Dios, qué vergüenza, menos mal que no hay nadie en la tienda ahora. Le costó un buen rato convencerle de que no tenía nada que hacer y de que, de haber querido estar con alguien en san Valentín, no habría cortado con él. Para cuando consiguió hacérselo entender y su ex decidió marcharse, su humor había pasado de malo a muy malo.
Finalmente, echó el cierre y se fue a comer a un restaurante cercano que solía frecuentar. Era barato, rico y acogedor, pero era su preferido más que nada porque también lo frecuentaba un bombón de esos que alegran la vista. Nunca había hablado con él ni tenía intención, pero hay que reconocer que comer cerca de ese hombre que parecía sacado de la portada de una novela romántica era mejor que irse a cualquier otro lado.
El shock que recibió nada más entrar fue tremendo. Un restaurante con buen gusto y acogedor se había convertido en un paraíso para cursis, con corazones y guirnaldas rosas por todas partes. ¡Mierda, mierda! Casi le daba miedo pasar. Todas las mesas estaban ocupadas por parejitas que se miraban ensimismadas a los ojos.
Estaba a punto de marcharse cuando la anciana propietaria salió de quién sabía dónde y, muy acogedora, le dijo en un tono de voz más alto de lo recomendable.
—Oh, querida, hoy las mesas son sólo para parejas ¿Vienes sola? No te preocupes, puedes sentarte en la barra. Hoy sólo tenemos platos para dos, pero te prepararé algo que puedas tomar tú sola.
Anabel sintió que se le subían los colores mientras atravesaba medio restaurante conducida por la oronda mujer, que en esos momentos no le caía simpática, precisamente. Por lo menos, al llegar a la barra, la buena mujer la sentó al lado del bombón.
—¿A ti también te ha engañado para comer en la barra? —bromeó el bombón. Tenía una sonrisa divina y una voz aterciopelada que, de haber estado de pie, habría hecho que se le doblaran las rodillas.
—Sí —respondió malhumorada Anabel, frunciendo el ceño—. Al parecer los solitarios no tenemos cabida en ningún sitio el 14 de febrero.
El bombón se rió y dijo:
—Es mala fecha para los solteros. ¿Tú también has tenido un mal día?
—Uno de esos en los que preferirías haberte quedado en la cama leyendo.
Cuando el bombón iba a responder, apareció de nuevo la propietaria con la carta.
—Oh, veo que os lleváis bien… ¿Por qué no elegís la comida de la carta especial y la compartís? Soléis comer más o menos lo mismo, y estoy tan ocupada hoy que me haríais un favor si no tuviera que prepararos un plato único a cada uno.
Los dos se miraron y se encogieron de hombros, otra vez engañados por la anciana para que hicieran lo que quería. Fueron conducidos entonces a una mesa y, cuando se pusieron de acuerdo en qué pedir, la mujer desapareció por la puerta de la cocina. Soltaron una carcajada al unísono y se dispusieron a esperar su comida.
—A propósito, soy Toni —se presentó el bombón, extendiendo su mano.
—Yo soy Anabel.
***
Un rato después, la anciana propietaria vio marcharse juntos a sus dos clientes favoritos, convencida de que acababa de formar una pareja maravillosa. ¡Y anda que no le había costado! ¡Si hasta había tenido que decorar el local como si fuera una casa de citas!
—Es que, ¡vaya par de bobos! —dijo la mujer para sí poniendo las manos en las caderas mientras les veía desaparecer por la calle—. Seis meses lanzándose miraditas el uno al otro y no se atrevían a dar el paso. Estaba claro que necesitaban un empujoncito.
Todos los relatos cortos y personajes de esta web son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia
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Escribí este relato en febrero de 2011 para el proyecto de Adictos a la escritura: especial San Valentín.
