Cristina estaba harta del novio de su madre, Jesús. Era un tipo aséptico y pedante que, según decía él mismo, tenía un centro de profilaxis. Lo que él no sabía era que Cristina tenía una compañera de clase que acudía a ese centro, donde se celebraban rituales satánicos para destruir las posibles enfermedades. Cuando su compañera había averiguado quién era su nueva “figura paterna”, se había puesto a hiperventilar. Sus palabras literales fueron:
—Tienes mucho morro. Es mi gran señor, está en contacto directo con Satanás.
Mucho morro, sí. Un estafador o un psicópata que se creía el enviado del diablo. El mejor partido para su madre, que besaba el suelo donde pisaba ese chalado. Aunque claro, puestos a elegir, casi prefería que fuese lo primero que lo segundo.
Lo peor fue que, cuando intentó decírselo, ella empezó a gritar y, además de castigarla, prohibió a Cristina volver a sacar el tema.
Como ya había pasado otras veces con novios anteriores, Cristina decidió esperar a que se diera cuenta por sí misma. Tuvo que tomar cartas en el asunto, sin embargo, cuando él les ofreció pasar el fin de semana en su cabaña, que estaba en medio de un prado lejos de toda civilización.
Necesitaba asegurarse de que, dentro de lo malo, era lo mejor, así que el día antes de marcharse, a la hora de cenar, le dijo:
—Escucha, Jesús, sé que he sido un poco borde contigo y quería compensarte, así que te he comprado esto, te traerá muy buena suerte —sonrió, mostrándole un colgante con la cruz cristiana.
La cara que puso el sujeto le confirmó sus peores temores: no era un estafador, se creía de veras un enviado de Satán.
—¿Es que quieres matarme? —gritó él.
—¿Perdón? —preguntó ella, fingiéndose inocente.
—Cielo, Jesús no es cristiano —le explicó su madre, algo desconcertada.
—¿En serio? Joe, tío, perdona. Pues mira, hacemos una cosa, tú quédate la cruz y la cambias en la tienda, me ha costado un pastón y no quiero volver a meter la pata —dijo Cristina, acercándole el crucifijo.
Él se alejó del colgante como si fuera a disolverse si le tocaba y la joven empezó a perseguirle con él por delante.
—¡Apártala de mí! —ordenó Jesús a su madre, poniéndola de escudo.
—Pero mamá, si yo sólo…
—¡Maldita niña! ¡Sabes que si esa cruz me toca ni siquiera mi señor Satán podrá salvarme de la muerte! —gritó él.
Empujó a su madre contra ella y salió precipitadamente de la casa. Su madre se levantó y la ayudó a ponerse de pie, casi en estado de shock. Cuando se recuperó un poco de la sorpresa, dijo con tristeza:
—Lo siento.
—No pasa nada, mamá. Quería esperar a que te dieras cuenta por ti misma, pero en cuanto soltó lo de la cabaña del prado… tenía que comprobarlo. Si hubiera sido un estafador, todavía, pero quedarnos solas en medio de la nada con un adorador del diablo… —Su madre hizo un amago de sonrisa—. De todas formas, este no es el peor. Por lo menos no ha intentado quemar la casa con nosotras dentro, como ese pirómano con el que saliste un par de veces… —Ella seguía con la mirada triste, así que añadió—: Míralo por el lado bueno. Si le echa una maldición a tu vida amorosa, no lo vas a notar.
Su madre rió por fin y Cristina se relajó un poco. Realmente, una maldición no podía traerle un novio peor de los que ya había tenido: estaba claro que tenía un gusto pésimo para los hombres.
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