Había esperado todo un año desde que había poseído a ese estúpido mortal que se puso a jugar a la guija. Un año sin su amada Erzadrel, de la que se había separado solo unos instantes confiando en que fuera capaz de poseer a una de las hembras presentes. Pero una de ellas se había desmayado antes de tiempo y la otra tenía demasiada personalidad y no la dejó entrar en su cuerpo. Para cuando quiso reaccionar, el portal estaba cerrado y se encontraba atrapado en ese adolescente desgarbado.

Había sido difícil para él aguantar un año sin que nadie se diera cuenta. Para colmo, el mortal al que había atrapado era un joven extrovertido y popular, de modo que había tenido que sacar a la luz todas sus dotes de actor, confiando en que achacaran a su edad del pavo sus fallos interpretativos. 

La única que había sospechado era la novia del mejor amigo de su poseído, la misma que no se había dejado poseer, pero pronto se las había arreglado para convencer a su “colega” de que lo dejara con ella y comenzara a salir con otra. Una otra muy hermosa y tan estúpida que a su amada le resultaría sencillo colarse, y a la que no había sido difícil convencer para que se uniera a la tradicional y divertidísima guija de Halloween.

Eran cuatro: el propio demonio, la elegida para su amada y el “colega” y la “novia” de Jezabez, que serían utilizados como sacrificio de sangre para celebrar el reencuentro. Todos sonreían tontamente, algo ebrios, y comenzaron a realizar el ritual entre risas, sin saber qué les esperaba.

Él sonrió con malicia mientras el portal al mundo de los espíritus se abría y notaba la presencia de Erzadrel colarse y poseer el cuerpo de su víctima, pero frunció el ceño cuando sintió una segunda presencia entrar en el mundo de los vivos y ocupar el cuerpo del muchacho cuyas estupideces adolescentes había soportado durante un año.

Cuando las dos posesiones se efectuaron con éxito, se encontró mirando los ojos de su amada y de su peor enemigo en el infierno, Jezabez.

—Vamos, amor. No pretenderías que te esperara durante todo un año, ¿verdad? —le dijo ella con una sonrisa sarcástica.

Loco de ira, se lanzó a su yugular, con la intención de arrancársela de un mordisco, pero Jezabez fue más rápido y utilizó el cuchillo ritual para arrancarle el corazón. Una vez muerto el cuerpo que había habitado en el último año, su forma espiritual comenzó a formarse y observó dolido cómo su enemigo y aquella por la que lo había dado todo bebían juntos la deliciosa sangre derramada.

Pero no está todo perdido, pensó cuando vio a la humana que quedaba, su “novia”, temblando en un rincón y observando cómo su mejor amiga y el colega de su chico bebían la sangre de su novio muerto. 

Entró en su cuerpo sin vacilar y sintió cómo la naturaleza femenina de la humana hacía lo posible por expulsarle. No tenía tiempo que perder: cogió el cuchillo, abandonado ahora en el suelo, y se lo clavó con saña a Jezabez una y otra vez.

—¡Siempre fuiste el mejor! —exclamó Erzadrel, fingiendo no advertir su mirada de odio mientras buscaba a tientas el otro cuchillo ritual que los humanos habían traído. 

Él la agarró con violencia y le dio un apasionado beso, tomando con fuerza su cuchillo, que aun chorreaba la sangre del humano poseído por Jezabez. 

Las dos armas se clavaron al mismo tiempo en el corazón de su adversario y los cuerpos de ambas muchachas cayeron entrelazados, con los labios aún pegados en un beso salvaje, pero la batalla entre los tres espíritus no había hecho más que empezar.

Dicen que aún siguen peleando, atrapados en el mundo humano hasta que otro mortal incauto vuelva a hacer la guija en el mismo sitio.

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