Siempre que iba a los entierros, le hacían leer a él el panegírico de turno. Lo que no había esperado era que, fascinados por su lírica, algunos de los asistentes a esos entierros decidieran que querían contratarle para crear el panegírico de sus seres queridos cuando abandonaban ese mundo, aunque él no los conociera personalmente.
Era un genio a la hora de crear estos discursos, ensalzando las virtudes del muerto y provocando sonrisas cómplices en los familiares. Ni siquiera los hombres más avaros, malvados y desagradables suponían un problema para él en ese aspecto, y gracias a su extraña habilidad consiguió montar un negocio de panegiristas que le hizo vivir prósperamente durante el resto de sus días.
Le preocupaba sólo una cosa, que llegó a obsesionarle según se iba haciendo viejo, y era quién haría su panegírico cuando él muriera. Pronto se dio cuenta de que nadie llegaría a su nivel de maestría para hacerlo, así que finalmente decidió elaborar su propio discurso y entregárselo a alguien de confianza para que lo leyera.
Por primera vez en su vida se quedó en blanco. No se le ocurría un modo de empezar, ni cómo exaltar su propia figura ante los asistentes a su propio funeral. Desesperado, sólo podía hacer una cosa.
***
Los herederos se quedaron asombrados a la muerte de su padre cuando leyeron el testamento. Desde luego, era realmente inusual que el mejor panegirista de todos los tiempos insistiera vehementemente en que no quería que en su entierro se leyera un panegírico.
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Escribí este relato el día 7 de la maratón de escritura que hice en diciembre de 2011, como ejercicio de consigna para el foro de Adictos. La consigna era Panegírico.
