El temor la había paralizado. Sentía un nudo en el estómago que no le dejaba respirar cuando le vio frente a ella, mientras que sus familiares, amigos y conocidos observaban con aprobación.
Ella miraba a un lado y a otro, buscando una forma de escapar a su inevitable destino pero sin encontrar ninguna. Ni siquiera se atrevió a dirigir su vista hacia él cuando se arrodilló y dijo las palabras mágicas.
—¿Quieres casarte conmigo?
Pero ella no quería. Lo que quería era marcharse de esa casa y huir lo más lejos posible de ese idiota, con el hombre al que verdaderamente amaba. Pero el temor le había impedido marcharse cuando tuvo ocasión.
No obstante, ese mismo miedo era el que iba a salvarla, porque su parálisis le impidió decir que sí. Aun con esas, él pensó que estaba demasiado emocionada como para pronunciar esa palabra, así que intentó ponerle el anillo en el dedo. Pero el temor había hecho que ella apretara sus puños con fuerza y fue incapaz de abrir las manos para recibir el aro que sellaría su destino.
Un murmullo sorprendido se extendió entre los asistentes y él se dio cuenta por fin de lo que pasaba. Cuando se dio la vuelta, furioso y cerrando sus puños con fuerza, posiblemente con la intención de golpear al primero que hiciera un comentario para librarse de su frustración por semejante humillación pública, el miedo desapareció rápidamente. Por fin pudo moverse para hacer lo que siempre había deseado: correr hacia su libertad.
La lluvia la empapó nada más salir del recinto, pero no le importó y siguió avanzando lo más rápido posible hacia la playa, donde pudo ver a lo lejos a Peter, que miraba al infinito. Le abrazó desde detrás y se giró sorprendido hacia ella. Le besó con dulzura y susurró junto a su oído:
—Al diablo con todo. Nadie volverá a separarme de ti.
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Escribí este relato el octavo día del Maratón de escritura que hice en diciembre de 2011
