Malena era una empleada estupenda, pero tenía un defecto: le gustaba demasiado darle su toque personal a las cosas, lo cual siempre incluía añadir algún floripondio en los lugares más insospechados de la oficina o hacer reposar el ratón del ordenador en una monstruosa decoración de ganchillo.
No hubiera sido un problema tan grave de no ser porque trabajaba en un estudio de decoración y Bárbara, su jefa, no sabía ya cómo decirle que no podía traer nada que no fuera minimalista y elegante para dar un poco de alegría al ambiente.
Cuando entró en su despacho con su nueva cliente y se encontró el tapete sobre su silla, consideró seriamente la posibilidad de despedir a Malena hasta que la mujer se entusiasmó con el detalle. Malena escuchó el halago y se acercó para enseñar a la cliente sus creaciones. Pronto, Bárbara se dio cuenta de que esas dos mujeres eran almas gemelas.
—Acabas de ascender a decoradora —le dijo a Malena cuando la clienta se fue.
Esta, tras unos segundos de estupefacción, estalló de agradecimiento y Bárbara no logró quitársela de encima en lo que quedaba de tarde. Aun así, no se arrepintió: no perdía una clienta cuyo mal gusto le hubiera impedido trabajar con ella y, además, mantenía los esfuerzos de personalización de Malena alejados de su oficina… por un tiempo.
Escribí este relato en mayo de 2017 con una palabra olvidada, en este caso escogí Floripondio. Significado: Flor grande que suele figurar en adornos de mal gusto.
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