Este relato de abril de 2024 lo escribí dentro del contexto de las portadas prediseñadas relacionadas con No somos marionetas de los dioses.
Ocurre más o menos paralelo a la novela, pero el final revela algún que otro detalle del final, así que es mejor leerlo después.
Su destino no podía ser ese. Ser soldado de un nigromante y oprimir a los pocos que no seguían sus normas era lo peor que podía ocurrirle en la vida, así que Gals desertó con la idea de marcharse de Diltania. Era un buen soldado, sin duda en otros países le recibirían con los brazos abiertos.
El problema era que esa pequeña península rodeada de acantilados y separada del continente por una cordillera inexpugnable no tenía muchas vías de escape: o salías del país en uno de los barcos kulitíes que anclaban en el puerto artificial de Wezan, o atravesabas el único paso conocido en las montañas: el Paso del Pegaso.
Por supuesto, no podía optar por ninguna de las dos vías. Los polizones de los barcos kulitíes siempre acababan en el mercado de esclavos, y el paso estaba muy bien vigilado: prácticamente nadie podía pasar, tanto menos un desertor.
Por eso, Gals se propuso encontrar un paso en las montañas. Eran cientos de kilómetros de cordillera; imposible que el único fuera un túnel excavado en la roca. Tenía que haber, por lo menos, algún tramo practicable para la escalada o algún camino que hubieran hecho los pocos animales que vivían en las inmediaciones.
Pasó más de dos años buscando, palmo a palmo, malviviendo con lo poco que podía cazar o recolectar. Incluso se internó en el tramo donde la cordillera lindaba con el bosque de Olmio, que estaba maldito, pero tampoco allí encontró lo que buscaba. Desesperado, intentó escalar, pero llegó a un punto en el que la falta de oxígeno y el agotamiento le hicieron ver criaturas que solo existían en la imaginación, y el ascenso se volvió tan vertical que tuvo que renunciar.
Gals bajó de la montaña derrotado, enfermo y casi sin fuerzas, pero no había sufrido tanto para nada. Iba a salir del país, aunque tuviera que enfrentarse a todos los brujos y soldados que bloqueaban el único paso en las montañas. Así pues, encontró un lugar escondido y cómodo en el que recuperarse y, cuando volvió a estar en plena forma, se armó hasta los dientes y se lanzó a la boca del paso con las armas alzadas, solo para ser detenido por una maga que lo miraba desconcertada.
Un grupo de exploradores apareció poco después y le condujeron, sin malos modos, hasta un pequeño cuartel. Pero la vista del lugar y la perspectiva de que le encerraran por desertor le hizo reaccionar violentamente y tuvieron que noquearle.
Cuando despertó, estaba encerrado en una celda y la maga le miraba tras los barrotes. Nunca supo si le contó su historia porque usó la magia o porque, tras más de dos años de soledad, necesitaba hablar con alguien y ella le escuchaba con el asombro en la mirada.
—No puedo creer que no lo sepas —dijo cuando terminó.
Entonces, fue a él a quien le tocó asombrarse, porque ella le contó todo lo que se había perdido desde que se encaminó hacia las montañas. Cómo Brontak había sido derrotado. Cómo los rebeldes Roalk, a los que creía un invento del ejército para mantener a los soldados alerta, ahora se habían hecho con el poder y habían puesto en el trono al rey legítimo. Cómo la pérdida de sus dioses había llevado a un continente entero, y al archipiélago kulití, a la guerra. Y cómo Diltania, con unas fronteras tan difíciles de penetrar, aguantaba el temporal mientras su cuerpo diplomático establecía alianzas en el exterior.
—No me lo puedo creer —susurró Gals. Se sentía imbécil. Muy imbécil. Si hubiera sabido que existían rebeldes, se habría unido a ellos. Si hubiera sabido lo que pasaba, no habría perdido dos años de su vida en una gesta inútil.
—Por supuesto, necesitamos buenos soldados. Dada la situación, no nos ha quedado más remedio que mantener las levas, aunque ahora pagamos un sueldo e intentamos que sea lo menos duro posible… —dijo la maga, con el ceño fruncido y visiblemente incómoda. Seguramente pensara que, siendo como era un desertor, no querría volver al ejército.
—No sé hacer otra cosa. Mi deserción no se debió a que no quisiera luchar, sino a la causa por la que luchaba —le aseguró él.
La cara de la maga se iluminó:
—O, gracias a… —se interrumpió—. Estupendo. Por lo que me has contado, eres persistente y lo bastante astuto como para haber conseguido desertar del ejército de Brontak sin que te pillaran. Qué pena que no llegaras a tener ningún contacto con los Roalk por aquel entonces —suspiró, pero luego volvió a animarse—. En cualquier caso, si llegaste tan arriba en las montañas como para ver grifos y pegasos, tienes gran fuerza y resistencia, y desde luego no tienes miedo a las alturas… Tengo el destino perfecto para ti.
Cuando vio a los grifos con los que trabajaría codo con codo, Gals supo que de veras había encontrado su destino. Nunca se arrepintió de haber pasado dos años intentando atravesar esas odiosas montañas. De no haberlo hecho, habría sido un soldado más y nunca habrían pensado en él para pertenecer a ese cuerpo de élite. Además, al final encontró la forma de atravesar las montañas: a lomos de una criatura legendaria.
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Casi a la par que un extraño llega al pueblo y que empiezan a salir a la luz secretos peligrosos del pasado, Datne descubre que tiene el don de la magia. Tendrá que aprender a usarlo a escondidas si no quiere morir o acabar a merced del Emperador. Pero su habilidad con la magia es tan extraordinaria como preocupante, y solo puede proceder de los dioses, que la han elegido para cumplir una misión legendaria.
Datne ni cree en los dioses ni está dispuesta a cumplir sus órdenes. Es más, hará lo que haga falta con tal de deshacerse de lo que la obliga a seguir adelante en esa misión y romper su conexión con las deidades. Aunque eso signifique encontrar aliados insospechados, como un traidor que ha sacado partido de su maldición, un rey que no quiere ser rey, criaturas fantásticas, los rebeldes que quieren restaurar el viejo orden… o las propias fuerzas del mal.
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