Clara era incapaz de estarse quieta y parecía al borde de la hiperventilación. Había arrugado su precioso vestido de seda y el elegante peinado, que había requerido más de una hora de peluquería, parecía la obra de un estilista chiflado que quería emular a los personajes de un cómic manga de peleas.
Adela, que llegó cinco minutos antes de la hora acordada, no pudo evitar una sonrisa en cuanto la vio de esa guisa.
—Estoy fatal, ¿verdad? —preguntó Clara, ansiosa.
—No es para tanto pero… Vamos a un pequeño encuentro previo a los preparativos de mi boda, no a una convención de cómics —respondió ella, diplomática. No obstante, esas palabras fueron suficientes para que la ansiedad que su amiga contenía a duras penas comenzara a desbordarse.
—¡Ay, madre!
—Tranquila, Clara, que de verdad que no es para tanto. Solo tenemos que hacer algo con ese pelo —intentó tranquilizarla Adela.
—¡No puedo ir! —la ignoró Clara, medio histérica.
—Claro que puedes —se puso firme la joven, a sabiendas de que, si dejaba que la ansiedad de Clara creciera un poco más, no habría forma de sacarla de casa—. Seremos pocos, y conoces a todos menos a los amigos y a los padres de Charles.
—Que son la mitad de los invitados —la cortó Clara—, y para colmo resultan ser unos pijos. ¿Cómo voy a ir así? Cada vez que intento arreglar este entuerto lo estropeo más.
—No sabes cuánto me alegro de que no sea adrede —dijo Adela, en tono guasón, aunque bien sabía que, con tal de eludir un compromiso social, su amiga era capaz de cualquier cosa—. Por suerte, como sé que tiendes a ponerte nerviosa y a acabar hecha un desastre antes incluso de salir de casa, te mentí un poco sobre la hora. Tenemos sesenta y cinco minutos para dejarte radiante.
—De verdad que no me encuentro bien —intentó escaquearse Clara.
—No puedes dejarme sola. Eres mi mejor amiga, por no hablar de que ejercerás los papeles de madrina y de dama de honor principal —jugó su mejor baza Adela, mientras la conducía hacia el cuarto de baño y comenzaba una auténtica obra de ingeniería con el pelo de su amiga.
—¿Qué diablos va a ser eso, una boda de aquí o una americanada? —se quejó Clara, desconcertada por ese doble papel que le acababa de asignar su amiga: ya era malo tener que ser alguna de las dos cosas con lo tímida que era y el protagonismo que implicaban, pero ser ambas era el colmo.
—Una extraña mezcla de todas las excentricidades que se hacen en las bodas pijas a lo largo del mundo. Ya sabes cómo es mi madre —suspiró Adela. Clara solo había coincidido con Magda una vez, sin haber intercambiado con ella más que unas pocas palabras, pero había oído todo tipo de historias sobre lo puntillosa que era para que todo saliera conforme a sus deseos, así que eso solo logró ponerla más nerviosa.
—¿Y aun así quieres ponerme en la cabeza de todo? Estaré en su punto de mira y, lo que es peor, en el del resto de los invitados. Si es que consigo articular palabra más allá de los saludos protocolarios, querrán saberlo todo de mí, incluyendo mis antecedentes, mi situación actual y mi profesión. —Esa era la mayor preocupación de Clara: que, en vez de pasar desapercibida, alguien se fijara en ella y le hiciera un interrogatorio. No obstante, Adela se había empeñado en obligarla a vencer su timidez y sus temores en una sola noche traumática.
—Bueno, ¿y qué problema hay? Eres un genio de la programación y sacas un buen pico cada mes por tu trabajo.
—Sí, pero me pondré nerviosa y e… empezaré a ta… tartamudear.
—Que no, agorera. Tú céntrate en hablarles de tu trabajo. En cuanto empiezas a hablar de las maravillas del Big Data, una de dos, o les aburres tanto que buscarán cualquier excusa para acabar la conversación o les fascinas, que es lo más probable porque estamos hablando de gente inteligente. De hecho, lo más probable es que salgas de la cena con nuevos clientes potenciales: a poco que vean lo que puedes llegar a hacer con esas tecnologías, se pelearán por contratarte —le aseguró Adela. Ella misma había dado con Clara gracias a un contacto en común y, en cuanto había visto su potencial, no había dudado en contratarla en numerosos proyectos de inteligencia artificial y analítica, logrando con ello resultados sorprendentes—. A todo esto, ¿qué narices te has echado en el pelo? No hay manera de colocarlo en su sitio.
—Pregúntaselo a mi peluquero. Lamentablemente, todos esos productos que me echó no hicieron efecto para mantener el precioso peinado que me había hecho, sino para fijar el estropicio de después. Lo triste es que, cuando quiero hacerme algo así, no me sale —suspiró Clara con resignación. De inmediato, el estado de nerviosismo volvió a imponerse—. Por favor, Adela. Soy una programadora friki con serios problemas de timidez ¡y me vas a meter en una reunión de snobs multimillonarios!
—No puedo hacerlo sola —la chantajeó emocionalmente Adela—. Bastante que voy a casarme con Charles tan pronto, en vez de irnos a vivir juntos como nos gustaría. No te haces una idea de la rabia que me da ceder y darle el gusto a mi madre. Pero, si tengo que pasar por esto, quiero tener a mi mejor amiga cerca, para que me ayude a sobrellevar esta carga y evite que esto se descontrole más de la cuenta.
—Por Cthullu, Adela. Es una maldita boda, y habéis contratado una empresa para que se encargue de organizarlo todo, ¿cómo iba a descontrolarse?
—Lo entenderás cuando tengas algo más de trato con mi madre. Te crees que las historias que cuento sobre ella son exageradas, pero vas a flipar. —Clara se puso aún más blanca y Adela rió—: Vale, ahora que ya he hecho que te pongas en lo peor, toca tranquilizarte. Le he advertido a mi madre que tu papel será simbólico y de apoyo, así que más le vale no agobiarte porque, como abandones el barco, yo lo abandono también. Está tan desesperada por hacer que esta boda salga adelante que lo más que puede pasar es que se ponga un poco sobreprotectora y tenga todo tipo de atenciones contigo.
—¿Y eso tiene que hacerme sentir mejor?
—Bueno, mejor eso que aguantarla en modo regañón y pesado, ¿no? —se encogió de hombros la joven heredera. Clara no quedó nada convencida, pero, en honor a su amistad, decidió resignarse y dejarse llevar.
Entre tanto, David llegó al lugar donde se celebraría el acontecimiento un poco demasiado pronto e intentó hacer tiempo en el exterior antes de entrar. La reunión preboda le parecía una ridiculez: a pesar de que la idea de que todos los invitados que tenían un papel destacado en la ceremonia se conocieran no era mala, tenía poco sentido hacerlo tres días antes de la fiesta de compromiso oficial.
Todo parecía apuntar a que se trataba de una jugada de los futuros consuegros para evitar una situación imprevista. A juzgar por las caras de los cuatro, a los que vio discutir en voz baja a través de la ventana, no se había equivocado. Curioso, decidió entrar y preguntarle a Charles por ese misterio, a sabiendas de que la respuesta le iba a divertir.
—Han puesto el grito en el cielo cuando se han enterado de que hay un hombre casado en la corte de honor de Adela. —Charles puso los ojos en blanco—. Y en cuanto les he dicho que Ana está en la mía casi les da un soponcio. Han empezado a desvariar sobre lo horrible que será organizar las mesas, ya que hay dos parejas consolidadas y un soltero en cada corte y lo normal es no mezclar géneros.
»Luego han insistido en que la solución es que intercambiemos a Jazz y a Ana para que sean todo hombres en una y todo mujeres en otra. Por supuesto, me he negado y les he advertido de que, como dejen caer una sola palabra de esto a Adela, correrán el peligro de que ella diga «Hasta aquí hemos llegado» y anule la boda. Al margen de lo machistas y arcaicos que resultan sus argumentos, no hay descompensación por ningún lado, porque al final, de todas formas, hay el mismo número de hombres que de mujeres. Así que se han reunido para debatirlo y allí siguen.
—Sigo sin entender por qué tiene que haber una corte de honor —rió David—. Esto no es Estados Unidos.
—Nadie lo entiende, salvo ellos. Pero, por lo que he podido deducir, quieren una boda internacional por todo lo alto juntando todas las tradiciones ostentosas que puedan encontrar de la forma más elegante posible.
—Vamos, que no me libro de ser el padrino —rió David.
La idea inicial había sido que ese papel lo ejerciera el amigo de Adela, Jazz, que había apostado por la pareja incluso antes de que Charles y Adela empezaran a hacer las paces tras años de odio mutuo. No obstante, este vivía en Italia y eso complicaba las cosas para que estuviera en todos los actos oficiales y no tan oficiales de la boda, de modo que, por pura practicidad, decidieron entre todos que lo mejor era que el padrino fuera o Leo o David. Por supuesto, ninguno de los dos se ofreció voluntario, porque ya sabían cómo se las gastaban los Castelli y los Bianchi cuando se trataba de organizar algo por todo lo alto y no querían meterse en ese berenjenal, así que Charles había tirado una moneda al aire y la mala suerte quiso que saliera cruz.
—Lo harás bien —le aseguró el futuro novio. Se alegraba de que le hubiera tocado a David, cuya intervención había ayudado a dar el empujoncito definitivo a Adela, aunque su amigo le quitara importancia cuando intentaba agradecérselo y se limitara a decir: «Las cosas no podían seguir así, estabas hecho un desastre».
—Claro que lo haré bien —respondió David, con tono arrogante—. No es que me queje, pero todo esto de las bodas no es lo mío y no me apetece en lo más mínimo encargarme de según qué tonterías. Espero que la madrina de Adela sea una de esas chaladas obsesionadas con las ceremonias y cargue con casi todo el trabajo.
—No cuentes con ello. No parece la clase de persona que disfruta con la responsabilidad de ser madrina. Lo que me recuerda que es una chica muy tímida. No seas capullo con ella —le advirtió Charles.
—¿Capullo yo? —preguntó David, con falsa indignación y un poco de malicia.
—David… que nos conocemos —se puso serio su amigo—. Lo haces por sistema con toda la gente nueva que conoces y, aunque estoy convencido de que querrá darte la réplica que te mereces, su timidez le impedirá hacerlo.
—No será para tanto —rió el joven.
—Sí que es para tanto —le aseguró Charles—. Me costó más de tres días conseguir que me contestara sin enrojecer y ponerse a tartamudear. Lo pasa fatal cuando alguien le presta atención, así que…
—¿En serio? —le interrumpió David, con una carcajada, y señaló a la joven que había entrado al recinto junto a Adela y otra pareja. Llevaba un peinado de lo más estrafalario acompañado de un vestido sin marca reconocible que resultaba bastante original—. Pues cualquiera lo diría, vistas las pintas que lleva. ¿O estamos hablando de otra persona?
Por supuesto, la falta de discreción de David al hablar de ella no pudo sino ser percibida por Clara, que de pronto se sintió el centro de todas las miradas.
—Adela, creo que lo mejor es que me vaya. Voy fatal —susurró, sonrojada. Había tenido que cambiarse el arrugado vestido, lo que había ayudado a mejorar su aspecto. Además, su amiga había hecho un apaño en su peinado justo a tiempo para salir, recoger a Jazz y Marcella, que habían decidido alojarse en un hotel para tener intimidad, y llegar sin retraso a la reunión.
Sin embargo, el resultado seguía estando terriblemente alejado de la imagen discreta y sencilla que había pretendido dar. Tampoco ayudaba que, durante el trayecto, sus nervios hubieran hecho que se llevara la mano al pelo en más de una ocasión y, sin darse cuenta, retorciera algunos mechones, con lo que volvió a estropearse parte del peinado.
—Tonterías. He visto a mi madre vistiendo cosas mucho más particulares en nombre de la moda. Y tienes que reconocer que te sienta bien —respondió ella con tranquilidad.
—Ya lo creo que te sienta bien. Me alegro que te hayas olvidado de ese empeño por ponerte prendas feas e insulsas y te hayas atrevido a ponerte algo que pega con tu verdadera personalidad—añadió Jazz.
—Mi aspecto no es intencionado. —Clara le fulminó con la mirada—. Yo pretendía camuflarme un poco, pero los nervios se cargaron mi peinado y arrugaron tanto mi vestido que no podía salir a la calle sin sentir vergüenza ajena.
—Eso es que tu subconsciente te estaba mandando un mensaje muy claro: ¡deja salir a tu verdadera yo! —exclamó Jazz. El joven siempre llevaba un vestuario bastante estrafalario, consistente, en su mayor parte, en trajes que imitaban a los que usaban los músicos de jazz de los años veinte, y siempre se peleaba con sus amigas por la ropa aburrida que vestían—. Además, apuesto a que tu vestido desechado no era ni la mitad de la mitad de interesante que este.
—Es que esto no es ni siquiera un vestido. Es un proyecto de cosplay que salió mal —suspiró Clara.
—Pues es espectacular —intervino Marcella.
—Por eso la he obligado a ponérselo —afirmó Adela—. Nunca me había dado por mirar lo que había dentro de su armario, pero tiene un montón de ropa preciosa que se hace por diversión para llevarla en las convenciones de cómics y luego, en un rincón, una docena de prendas feas que le hacen pasar desapercibida y que, lamentablemente, son lo único que se pone para el día a día. Es una pena que no haya habido tiempo de mirar más a fondo…
—Nota mental: no dejar que Adela se acerque a mi armario —gruñó la aludida.
—Nota mental —dio su contrarréplica Jazz—: tomar la casa de Clara por asalto y revisar su armario de arriba a abajo.
Tanto su pareja como la futura novia asintieron con una sonrisa, pero no hubo tiempo para que Clara se pusiera firme en su negativa, porque Charles y David se les estaban acercando para saludar. En cuanto comenzaron las presentaciones, la rojez de la informática se intensificó y, como de costumbre, se bloqueó. Apenas pudo articular un tartamudeante «hola» cuando el padrino le dio dos besos aunque, por suerte, su grupo estaba acostumbrado a este comportamiento por su parte e hicieron lo posible para que pasara el trago y se relajara un poco.
David, sin embargo, no podía estar más desconcertado: no acababa de comprender a esa mujer. A pesar de lo que había dicho Charles, su forma de vestir indicaba que era muy lanzada y abierta, cosa que parecía confirmarse con los gestos que le había visto hacer en el breve espacio de tiempo en que habló con sus amigos, antes de que se acercaran.
Sin embargo, la aparente seguridad de la madrina se evaporó en cuanto les tuvo delante y de pronto se había convertido en una criatura balbuceante. Lo seguro era que no estaba actuando: parecía a punto de sufrir un ataque de histeria y, desde luego, nadie podía ponerse rojo, tartamudear y sufrir un tembleque semejante de mentira.
Esa dualidad despertó la curiosidad de David, que decidió poner a prueba a la joven de la mejor forma que se le ocurría: chinchándola. Por lo tanto, ignoró las miradas de advertencia de Charles y Leo, que llegó poco después junto a Ana, y se centró en la joven para aprovechar la más mínima oportunidad de asediarla con preguntas y comentarios sarcásticos, sin conseguir más respuesta que vagos movimientos de cabeza y monosílabos, además de varios estremecimientos cuando, curiosamente, la llamaba por su nombre.
El resto del grupo se cerró en banda en torno a Clara, como para protegerla de sus comentarios, y David no pudo sino percibir la hostilidad creciente hacia él. Así pues, renunció y se giró hacia Ana, que se había puesto a su lado y le había dado un golpecito de advertencia en el hombro.
—¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño? —le espetó ella, con un susurro.
David se encogió de hombros con una sonrisa, pero la novia de su amigo no iba a dejarlo pasar. Incluso parecía dispuesta a llevárselo de allí a rastras, lo cual le resultaba de lo más divertido. No obstante, por el rabillo del ojo, pudo apreciar cómo la tímida madrina suspiraba y sonreía agradecida a Ana por la intervención.
«Vale, definitivamente, tengo que cambiar de táctica», pensó.
Clara, por su parte, se sintió de lo más aliviada cuando Ana le echó un cable monopolizando la atención de David. Estaba segura de que, si existía un infierno, sin duda tendría que ser parecido a esa reunión. Nunca había considerado a David un mal tipo. No le conocía en persona, a pesar de lo cual había averiguado muchas cosas sobre él a través de internet cuando investigó el entorno de Charles (solo brevemente, y a petición de su amiga, para ver dónde se metía cuando todavía desconfiaba de las intenciones de su actual prometido). Incluso había fantaseado con él más de una vez, porque había en sus fotos un cierto magnetismo irresistible. Sin embargo, ahora solo podía estar convencida de que era tan capullo como su imagen pública daba a entender.
«O no. En realidad, lo es mucho más; en los comentarios que leí nunca se mencionaba lo mucho que se ceba con la persona que ha elegido como víctima. Y, además, cambiarle el nombre a la gente indica que es de lo más maleducado», pensó la programadora, a la que había llamado Sara, en vez de Clara, en más de una ocasión. Había tenido mil réplicas en la punta de la lengua para todos y cada uno de sus comentarios, todos perfectamente corteses pero con un tono mordaz que no daba lugar a equívoco. No obstante, su timidez impedía que de su boca salieran más que monosílabos agónicos y frases tartamudeantes. «Espero que no vuelva a dirigirme la palabra».
Por desgracia, la tregua que le había dado Ana con David dio paso a algo peor: los padres de Adela y de Charles, que habían estado aparte un buen rato, se unieron al grupo y, en cuanto acabaron de interrogar a Jazz y a Marcella, decidieron que era buen momento para dirigir sus atenciones a la madrina. Para su calvario, eran gente de la vieja escuela y no tenían ningún interés en la informática, más allá del hecho de que le permitía ganarse bien la vida. Así pues, tuvo que sacar fuerzas de quién sabía dónde para responder con tacto y sin ser maleducada a la infinidad de preguntas con las que la asediaron, la mayoría de las cuales eran demasiado personales, aunque sin ninguna maldad y fruto de una genuina curiosidad.
Cuando los futuros consuegros maniobraron para que David interviniera en la conversación, Clara no tardó en sentirse realmente mal y se disculpó en cuanto encontró ocasión, antes de que empezara la cena. Cuando se estaba alejando, escuchó a David, que no quería que se le escapara la madrina, sugerir a los anfitriones que les sentaran juntos, lo que acabó de desatar sus nervios.
Nada más entrar en el aseo, donde ya no estaba delante de todo el mundo y podía desahogarse, dio varios puñetazos al aire de pura rabia por no ser capaz de superar las barreras de su timidez. Luego, intentó llevar a cabo sus ejercicios de respiración pero, apenas unos segundos después de adoptar la pose para empezar, la puerta se abrió y apareció Jazz.
—¿Pero qué diablos haces? —le preguntó. Los baños estaban perfectamente diferenciados, así que estaba claro que había entrado a ese para pillarla a solas, pero lo que le faltaba era que los anfitriones se dieran cuenta y pensaran cosas extrañas.
—Ejercer de Pepito Grillo maligno —respondió Jazz, sin remilgos—. Me estás poniendo de los malditos nervios. Haz el favor de no comportarte como si estuvieras en un juicio en el que te juegas la vida. Por favor, ¡si hasta has dejado que te cambie el nombre!
—¿Es que crees que no lo intento? —gimió Clara.
—Pues no lo parece —se mantuvo firme su amigo—. Y no me vengas con que eres tímida, eso no cuela. Solo te pones así cuando te da la gana. Te he acompañado a las expos del cómic, ¡si hasta te subes al escenario! Y allí hay mucha más gente que aquí.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no es, ni de lejos, lo mismo? —respondió la joven, exasperada—. Son situaciones extraordinarias. Allí soy anónima, y además voy disfrazada.
—Pues mejor me lo pones. ¿Qué situación es más extraordinaria que una boda? Además, aunque aquí no seas del todo anónima da lo mismo, porque no vas a volver a ver a esta gente después de la ceremonia. —De pronto, a Jazz pareció iluminársele la bombilla—. Según tú, ese vestido era un cosplay que desechaste, así que técnicamente estás disfrazada…
—No es lo mismo —le cortó Clara.
—¡Claro que sí! Cuando diseñaste el vestido no estabas pensando en un personaje que se quedaba callado cuando le dirigen comentarios sarcásticos, ¿verdad? ¡Pues métete en el papel y enfréntate a ese imbécil! Seguro que tienes pensadas mil frases que le darían justo donde más le duele y no te has atrevido a decirle ninguna —se entusiasmó el joven—. Y no te muestres tan dócil con los padres de Adela. ¿O es que no la escuchabas cuando dijo que se te suben a la chepa en cuanto tienen oportunidad?
—No creo que pueda.
—Muy bien. Tú lo has querido. —La cara de Jazz no auguraba nada bueno y Clara contuvo un estremecimiento—. Como no salgas ahí y le hagas a ese ricachón pedante de David un desaire que le deje sin palabras, no te ayudaré con tus funciones de representante de la novia y te dejaré sola para que lidies con esa pandilla de buitres.
—¡No puedes hacerme eso! —protestó Clara. Hacía un rato, en el coche, Jazz había prometido ser su apoyo a pesar de la distancia para descargarla, en la medida de lo posible, de las funciones que sin duda intentarían asignarle.
—Ya lo creo que sí —se empeñó Jazz. No le gustaba incumplir sus promesas, y menos cuando acababa de hacerlas pero, si conseguía que su amiga reaccionara con esa amenaza, que así fuera—. No pienso estar viniendo desde Italia cada dos por tres para verte agachar la cabeza sin defenderte todo el rato, así que elige: te vengas o te abandono.
—Maldito seas. —Clara apretó mucho los dientes, se apoyó en la pared un rato con los ojos cerrados y, tras un rato de desesperación, tomó una decisión.
Fuera, los comensales ya se habían dirigido a la mesa, donde David, que había triunfado en sus maniobras para sentarse al lado de Clara, se enfrentaba a las muecas de enfado de sus amigos y a las miradas virulentas de Adela y una de sus acompañantes, Marcella. Del otro tipo estrafalario, Jazz, no había ni rastro, al igual que de Clara, cuyo sitio, a su lado, estaba vacío.
Sintió un escalofrío. ¿Y si la había hecho llorar? Nada más lejos de su intención, nunca había soportado el llanto de una mujer. Además, sus pullas no habían sido, ni de lejos, motivo suficiente para provocar una reacción tan excesiva: no había sido ofensivo y, aunque sus comentarios eran sarcásticos, tampoco había cruzado ninguna línea. Aunque, si la chica realmente lo pasaba tan mal cuando estaba con desconocidos, quizás sus comentarios habían sido suficientes para desencadenar sus lágrimas.
Completamente decidido a disculparse, estaba haciendo amago de levantarse para ir en su busca cuando ella apareció por fin, seguida de su amigo. Estaba rígida como una estatua y se movía con paso marcial, esbozando una mueca de decisión en el rostro. Se acercó a su sitio y se quedó plantada frente a él, abriendo y cerrando la boca pero, al parecer, incapaz de decir palabra. David, caballeroso, se levantó para ayudarla a sentarse y aprovechó para comenzar con su disculpa:
—Oye, precisamente iba a…
No pudo acabar la frase: con un movimiento repentino y brusco, la madrina agarró la copa de agua que tenía más cerca y se la lanzó a la cara.
—Im… Im… ¡Imbécil! —dijo a trompicones, tras lo cual salió disparada hacia la puerta. Más desconcertado que humillado, echó un vistazo a la sala. Los Castelli y los Bianchi estaban en estado de shock, pero el resto del grupo había estallado en carcajadas, e incluso aplaudían. Lo peor era que incluso Leo y Charles asentían con aprobación.
«Demonios, ¿realmente soy tan capullo?», se preguntó internamente, algo preocupado. Volvió a repasar todo lo ocurrido durante la velada sin acabar de comprender cuándo había cruzado el límite pero, vista la actitud de los presentes, tuvo que responderse a sí mismo que sí. Y lo peor era que no podía echarle la culpa al alcohol, porque hacía apenas unos meses había prometido a Charles dejar de fingir que bebía y se emborrachaba en su presencia.
Pasado el caos inicial, Adela intercambió un par de comentarios con Charles para que se encargara de tranquilizar a los futuros consuegros y poner un poco de orden, tras lo cual fue en busca de Clara al aparcamiento. Con ella estaban ya Jazz y Marcella.
—Qué vergüenza, por Cthulhu, me voy a morir de la vergüenza —repetía la joven como un mantra. De pronto, se giró hacia Jazz—. ¡Y todo por culpa tuya!
—¡Pero si lo has hecho genial! —respondió él, orgulloso—. Lo de tirarle el agua fue un poco melodramático, vale, la idea era que le soltaras alguna de tus frases lapidarias o algo…
—¡Las palabras se atascaban en mi boca y no se me ocurrió otra cosa que no implicara agredirle! —Justo en ese momento, se dio cuenta de que Adela estaba presente—. Lo siento mucho, Adela, de verdad, qué vergüenza…
—Yo también creo que lo has hecho genial, el momento no ha sido del todo conveniente, pero el que hayas sido capaz de hacerlo lo compensa por completo —la interrumpió su amiga. A sabiendas de que, a pesar de ello, Clara estaba al borde de sufrir un ataque de nervios, añadió—: Creo que mejor será, eso sí, que lo dejemos por esta noche. No te preocupes por mis padres, me disculparé en tu nombre con ellos. —Dicho esto, a sabiendas de que Clara lo último que necesitaba en esos momentos era a su amigo artista metiendo cizaña, se giró hacia Jazz y Marcella para evitar que acompañaran a su amiga—: Diría que lo mejor es que os quedéis y me ayudéis a salvar la noche, ¿te importa irte sola en un taxi, Clara?
La joven, que ya había pedido uno a través de una app, se sintió tan aliviada que solo contestó con un asentimiento. El taxi no tardó en aparecer y Adela, tras un «Hablaremos mañana» a su amiga, condujo a Jazz y Marcella de vuelta a la cena, donde sus padres y los Castelli estaban ya algo más calmados. David había asumido con elegancia, pero sin dar detalles, toda la culpa por el comportamiento de Clara, y se mostraba de lo más zalamero con los futuros consuegros. Estos, pronto fingieron olvidarse del incidente y desarrollaron el resto de la velada como los perfectos anfitriones que eran.
Por suerte, decidieron finalizar la cena lo más pronto posible, dentro de los límites de la cortesía, con la excusa de que de todas formas faltaba uno de los miembros fundamentales de la ceremonia y que por tanto no se podía avanzar mucho. Así pues, el grupo se dispersó pronto y David aprovechó la oportunidad para hacer un aparte con Charles y Adela, que estaban de lo más molestos con él y no parecían tener muchas ganas de hablarle.
—Estáis cabreados, lo sé —se anticipó el joven
—¿Y acaso no sabes por qué? —le interrumpió Adela.
—Pues claro que sí, quiero disculparme y…
—No es con nosotros con quienes te tienes que disculpar —volvió a cortarle la futura novia, combativa.
—Ya. Pero lamentablemente no tengo ningún otro medio de contactar con Sara…
—Querrás decir con Clara —siseó Adela, furiosa. Le había cambiado el nombre a su amiga varias veces durante la velada y no había tenido oportunidad de corregirle sin ser maleducada ni hacer que Clara se sintiera aún más avergonzada, pero ahora que no estaba presente no iba a cortarse un pelo.
—¿Clara? —repitió David, desconcertado. Ahora entendía los estremecimientos de la joven cada vez que la llamaba por su nombre. Rojo como la grana, exclamó—: ¡Pero si la he estado llamando Sara toda velada! ¿Por qué nadie me ha dicho nada?
—A lo mejor porque estábamos demasiado ocupados intentando que dejaras de decir otras cosas mucho peores —replicó Adela, a la que el evidente azoramiento de David, que indicaba a las claras que al menos eso no lo había hecho adrede, no conmovió en absoluto.
—Mierda —suspiró David.
—Eso digo yo. Mierda —repitió Adela con un tono bastante extraño.
—Razón de más para que lo enmiende cuanto antes —dijo el joven, decidido—. Dame su teléfono y la llamaré de inmediato para disculparme.
—No cuentes con ello —se negó la futura novia—. ¿Cómo sé que durante tu llamada no vas a seguir chinchándola?—David abrió la boca, sorprendido por ser considerado capaz de hacer semejante cosa, y miró a Charles en busca de apoyo
—Te advertí de que no fueras un capullo —se encogió de hombros su amigo.
—Venga ya. A veces soy un tanto molesto, pero desde luego no tanto como para que nadie me considere dispuesto a acosar por teléfono a esa chica después de haber cometido un error tan garrafal con ella. —Sus interlocutores alzaron la ceja al unísono—. ¡No será en serio! Solo quería ver si era capaz de cabrearla un poco, para ver si así reaccionaba. ¡Se la veía tan segura antes de que nos acercáramos a saludar!
—A ver, recapitulemos. A pesar de los codazos, los intentos por llamar tu atención y las miradas de advertencia, te has pasado toda la conversación lanzando indirectas sobre cada detalle de su aspecto, haciéndole preguntas que tuviera que responder con frases largas a pesar de su tartamudez y aprovechando cualquier comentario que consiguiera articular para seguir comportándote sin el más mínimo resquicio de empatía —resumió Charles—. Me atrevería a decir que, si cualquiera no ha reaccionado a los cinco minutos de aguantarte, es que ya no lo hará.
—Bueno, al final acabó tirándome la copa y llamándome imbécil. Y con razón —respondió débilmente David.
—Solo porque Jazz la obligó. —El cabreo de Adela, lejos de disminuir, parecía crecer—. Y créeme si te digo que nos hubiera gustado que su reacción fuera mucho más destructiva.
—¿Que la obligasteis? —preguntó desconcertado David.
—Sí. ¿Tienes algún problema con eso? —replicó la joven, con los brazos en jarras.
—Esto… No. —Alzó las manos, en un claro gesto de rendición—. Entonces, ¿me das su teléfono para que me disculpe?
Adela le miró fijamente durante lo que pareció una eternidad y luego hizo lo que parecía un asentimiento de satisfacción.
—Te daré su email. —La joven sacó una minilibreta de su bolso, arrancó una página donde apuntó su correo electrónico y se la tendió—. Y ahora nos vamos.
—Muchas gracias, Adela, Charles, os juro que la compensaré por lo de esta noche —les dijo, antes de despedirse y salir corriendo para coger su coche, ir a su casa y escribirle el mejor email de disculpas que pudiera esbozar.
En cuanto se quedaron solos, el futuro novio miró a su amada con una ceja arqueada.
—Te das cuenta de que ahora no podemos contenerlo si le da por ponerse tonto, ¿verdad?
—¿Estás de broma? —contestó ella con una sonrisa pícara—. Internet es el territorio de Clara. Se lo va a comer vivo.
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