Era perfecto, pero tenía un defecto: le gustaba demasiado el color carmesí. Todas sus corbatas, la carcasa de su teléfono, sus complementos, sus sábanas, sus muebles, sus paredes, hasta los electrodomésticos eran de ese color. Lo único que no estaba pintado de carmesí completamente era la alfombra, plagada de círculos blancos.

Esa redundancia cromática, solo interrumpida por pequeños redondeles, me obsesionó y empecé a pensar en sangre. Era de ese color, y por fuerza le tenía que gustar. El problema era que la única sangre a la que podía acceder con facilidad era la suya o la mía. Por eso le dejé… no sin antes ponerle en el centro de la sala, para que esas molestas manchas blancas de la alfombra se tiñeran del color apropiado mientras se desangraba lentamente.

Este relato se realizó originalmente en julio de 2013 como proyecto de Adictos a la escritura. En esta ocasión se trataba de hacer un microrrelato que retrate el color carmesí.

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