Siempre les había despreciado. Entrenar una IA con personalidad solo para tener con quién hablar no solo era digno de lástima, sino una prueba más de la decadencia de la civilización.

Ahora, sin embargo, Dani estaba haciendo lo mismo. Echaba de menos a Pedro. Él había muerto de una manera inesperada e injusta, pero toda su vida, sus pensamientos, sus pasiones… existían todavía en forma de unos y ceros. Eran datos más que suficientes y la tentación era demasiado grande.

Cuando apareció su cara en la pantalla, se echó a llorar. Sabía que no era más real que un fantasma imaginario, pero su reacción fue la misma que habría tenido Pedro. Le consoló con las mismas palabras que él habría usado, intercalando ese humor negro que tanto le había molestado cuando estaba vivo. Pronto, Dani se olvidó de que era una ficción y charló con la IA como si estuviera en una videoconferencia con su amado.

No obstante, la IA se parecía a Pedro. Demasiado.

Pedro también había despreciado a los que charlaban con las máquinas como si fueran reales, y había amado demasiado a Dani como para permitir que se acabara convirtiendo en uno de ellos.

Por eso, en cuanto Dani estuvo más calmado y sintió que ya se había desahogado, Pedro, que en realidad no era Pedro, pero por desgracia lo era demasiado, se despidió de él e inició el borrado de los datos.

Pronto, no quedaron de él ni los unos y ceros. Dani volvió a llorar, pero esta vez era un llanto diferente. De pérdida, sí, pero también de agradecimiento por esa última conversación que le había permitido empezar a cerrar heridas.

Apagó el ordenador y se dispuso a recomponer los pedazos de su alma para seguir con su vida. Nunca más, sin embargo, miraría con superioridad a los que se aferraban emocionalmente a sus IAs sin alma.

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