Los labios de él trazan un reguero de besos a lo largo del cuello de ella, mientras busca, frenético, sus llaves. Mientras él abre, ella le acaricia la espalda y susurra todo lo que quiere hacerle cuando estén dentro.
Él consigue abrir por fin; ambos intercambian una mirada cómplice y vuelven a abrazarse. Van camino del dormitorio, sin dejar de besarse, cuando el androide aparece y les separa bruscamente.
—SOS. SOS. Una hembra desconocida está atacando a mi amo.
Él se sonroja, explica al robot que no le está atacando y le ordena que se ponga a hacer algo, como dar de comer al pez dorado que nada perezoso en la pecera.
—Pero amo —protesta el androide—. El animal ya ha sido alimentado.
—¡Pues ponte a tocar el acordeón! ¡Lo que sea, mientras nos dejes en paz! —le grita él, deseoso de volver a centrarse en lo importante: en ella.
El androide sale del apartamento y su amo, imaginando que va a hacer la compra, vuelve a reverenciar con sus besos a la voluptuosa mujer que tiene frente a sí, de la que lleva años enamorado, y comienza a desnudarla sin prisas. No ha acabado de hacerlo cuando un horrendo sonido precede al robot, que ha vuelto a entrar en la casa tocando (sin ninguna clase de técnica, ya que no tiene el software instalado) un acordeón.
De dónde ha sacado el instrumento es un misterio, al menos hasta que el artista callejero llega y comienza a gritar. Ella ríe a carcajadas mientras él se deshace en disculpas con el acordeonista y abronca al androide.
Cuando consigue que ambos se queden solos de nuevo, ella sigue riendo y su cabreo se diluye al darse cuenta de una cosa: antes de la escena, solo había conseguido ganarse su cuerpo pero ahora, al hacerla reír, está un paso más cerca de ganar su corazón.
Este relato lo escribí para el proyecto para adictos a la escritura en febrero 2013, Fuera de lugar. Había tres opciones de escenas con objetos fuera de lugar. Estas eran las pautas de esta escena: Una escena erótica. Elementos fuera de lugar: un acordeón, un pez dorado y un androide.
