Había una vez un gato que era un gran cazador. Las ratas, conociendo su fama, hacía tiempo que no pasaban por allí, de modo que, como se aburría y no quería perder habilidades, tenía aterrorizados a todos los insectos de la casa. La araña era la mayor perjudicada por la amenaza, porque, aunque se escondía alto y el gato buscaba presas más cercanas al suelo, como había menos bichos en la habitación, se posaban con menor frecuencia en sus trampas de tela.

Así pues, decidió tenderle una trampa al gato. Un día, se descolgó desde el techo y, cuando el gato la cazó, le dijo que, si le perdonaba la vida, podía indicarle cómo llegar hasta el gallinero, donde podría darse todo un festín. El gato, confiado, aceptó el ofrecimiento y la araña le enseñó cómo, cerca de su tela, había un ventanuco tapado por una tela que daba al gallinero.

El gato se coló entonces en el gallinero y comenzó a cazar pollitos poco antes de que el granjero entrara para alimentar a sus animales. Cuando vio lo que había hecho el gato, se enfadó muchísimo y el animal tuvo que escapar rápidamente por donde había venido para salvarse. Cuando pasó por delante de la tela de araña, ahora vacía, dijo entre dientes:

-Esta me las pagarás.

Luego, se preparó para cuando el granjero volviera a entrar a la casa. Lo que no había tenido en cuenta la araña era que el gato, además de buen cazador, era muy inteligente y se había ganado el cariño de sus amos a base de mimos y ronroneos. Así pues, cuando su dueño, más calmado, entró, el gato puso cara de arrepentido y se restregó contra él hasta que este, conmovido, le cogió en brazos y se sentó en el sillón para acariciarle. Luego, por supuesto, tapó el ventanuco con maderos en vez de con tela, pero para el gato no hubo más consecuencias y pudo centrarse en lo que le importaba: la venganza.

No tardó en localizar la nueva tela de araña, en una esquina del techo donde no le sería fácil llegar. Sin embargo, nuevamente hizo uso de sus artes y se puso a mirar fijamente la tela. Luego, cada vez que uno de sus amos pasaba, hacía un gemidito y señalaba con la cabeza hacia donde estaba, hasta que la mujer se percató de que había una araña enorme en su casa y, con una escoba, comenzó a golpearla.

La araña maniobró con su hilo para llegar al suelo a salvo, pero allí estaba el gato, esperándola, y jugó un rato con ella antes de comérsela.

Moraleja: antes de atacar a un enemigo más poderoso, asegúrate de que le has estudiado a fondo y de que no pasas detalles importantes por alto.

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