El perfeccionismo extremo no es compatible con una buena gestión del tiempo, y no lo digo porque yo no lo sea. En realidad, soy una perfeccionista redomada y para ser una maga del tiempo he tenido que hacer esfuerzos para controlar ese impulso.
La realidad es que, sea lo que sea lo que estás emprendiendo, nunca estará perfecto, y no puedes estar dándole vueltas a todo hasta que lo esté porque, si no, nunca sale nada adelante. De hecho, el perfeccionismo es una de las excusas más utilizadas por los procrastinadores: no está perfecto, así que sigo dándole vueltas eternamente y nunca acabo nada.
Por eso, hay que llegar a un punto en el que digas basta y saques adelante las cosas aunque no estén todo lo bien que te gustaría. La idea es buscar una solución intermedia, un producto mínimo viable. No está perfecto, pero está bien. Probablemente, esté mejor que lo que ya hay en el mercado. Y, si no lo está, al menos, si lo sacas adelante, puedes ir testándolo.
Luego a lo mejor puedes ir mejorándolo sobre la marcha, pero sácalo adelante en cuanto esté aceptable. Es la única forma de acabar cosas.
Me pasa mucho con mis libros. Nunca están perfectos, siempre tienen margen de mejora y los reescribo una y otra vez. Pero, si no buscara ese producto mínimo viable, nunca los sacaría. Así que los saco cuando están bien, y me sorprendo cuando todo el mundo señala su gran calidad. Pero aun así los mantengo vivos: escucho el feedback de los lectores y, cuando los reedito, los vuelvo a reescribir incorporando las mejoras y mi propia evolución como escritora.
Pasa con libros, pero también con dibujos, con vídeos, con cualquier tipo de trabajo creativo, con las presentaciones e informes en el trabajo. Símplemente sácalo cuando esté bien. Nadie espera la perfección y, generalmente, tus estándares son más altos que la percepción de la gente a tu alrededor.
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