San Jordi no sabía que la bestia era una hembra. Tampoco que no había raptado a la princesa, sino que la había rescatado de un esposo maltratador. Cuando dio muerte a la dragona, dedujo, sin preguntar, que las lágrimas de la princesa eran de alegría por el rescate y no de pena por perder a su única amiga y tener que volver a su terrible realidad.

Aunque probablemente, de haberlo sabido, le hubiera dado igual: deseaba demasiado la gloria, y era muy fácil obtenerla tergiversando los hechos e ignorando a las víctimas.

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