San Jordi no sabía que la bestia era una hembra. Tampoco que no había raptado a la princesa, sino que la había rescatado de un esposo maltratador. Cuando dio muerte a la dragona, dedujo, sin preguntar, que las lágrimas de la princesa eran de alegría por el rescate y no de pena por perder a su única amiga y tener que volver a su terrible realidad.
Aunque probablemente, de haberlo sabido, le hubiera dado igual: deseaba demasiado la gloria, y era muy fácil obtenerla tergiversando los hechos e ignorando a las víctimas.
Sígueme en…
O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.
Publiqué este relato en mayo de 2018, previamente lo había presentado a un concurso con motivo de Sant Jordi
